¿Y si prefiero que gane Messi? | Mundial 2026 de Fútbol

Mi primera vez en el barrio de la Boca, fue como sentarme en la puerta de un tabanco de Jerez. Perdón, una compara con lo que conoce. Pero tranquilos, esta europea hace mucho que no se refiere a Buenos Aires como “la París de Sudamérica”. Amar, que no es lo mismo que viajar, tiene ese don: que el otro se incrusta en tu texto, no es un paréntesis, ni un pie de página.
Mi amor por Argentina viene de lejos. Leer con furia a Roberto Arlt y desesperar con Alejandra Pizarnik me hacía sentir un poco argentina. También tener a Bilardo como un incomprendido y no como el loco fullero al que me obligaban los clichés. Conocí mi propio tópico, social, futbolístico y político, tras un viaje en autocar con la hinchada del Lanús, “el equipo de barrio más grande del mundo”.
El destino era Junín. El rival, Colón. La competición, Copa Argentina. Fue un viaje de tres horas que duró seis, custodiado por la policía, para perder. Como suele pasar, me llamaron la atención sus canciones de cancha, hechas con la melodía de cualquier tema –incluso “Sufre mamón”–, para cantar las alabanzas del equipo y la fe incondicional al mismo. Vibré. Presencié de todo. Hasta un juicio exprés.
A la vuelta, una joven pidió justicia al resto de hinchas porque uno de ellos, ebrio, orinó cerca de su hermana, que era menor de edad. Y hubo sentencia: el infractor debía abandonar el bondi en medio de la noche y del invierno. Allí se quedó, a unos 70 kilómetros de Buenos Aires, cerca del santuario de Nuestra Señora de Luján, 48 horas después de que Javier Milei ganara las primarias que lo condujeron a la Casa Rosada. Sí, eso también lo vi, que allí, como en España, hay gente dispuesta a elegir lo intolerable para acabar con lo insoportable.
Los lazos futbolísticos también nos unen y sin embargo, siento que en España no sabemos bien a qué nos enfrentamos. Yo supe algo tras recorrer el conurbano sur bonaerense, donde está Lanús, el equipo de Doña Tota y la ciudad donde ella parió a Maradona. Aprendí que la Ciudad Autónoma de Buenos Aires, lo que más conocemos, no es Argentina. De hecho, la mayoría de esta Albiceleste nació fuera de allí, repartidos los hoy futbolistas entre el conurbano bonaerense, la provincia de Buenos Aires y otras provincias como Santa Fe, donde nació Scaloni. También que no entienden que haya españolas y españoles que prefieren que gane Messi a que lo haga la Roja. Su sorpresa me hizo reflexionar: una de esas españolas era yo.
En mis apuntes, relacioné aquel tribunal improvisado con el juicio a la dictadura argentina y con el que nunca tuvo la española. Tómenlos como un pase, no como un gol: no voy a inventar un rasgo nacional a partir de mi experiencia. En aquel autocar, se pidieron penas absurdas, sensatas y alguna anticonstitucional, pero nadie puso en duda a la agraviada. Era su mínimo común denominador, no ganaban nada, pero a él se debían. Algo así veo en su selección y por eso no creí que jugar contra Inglaterra en la semifinal fuera “un partido más”. Solo advierto a los míos, no los juzgo, saben que ni la bandera nos une. Como mucho nos reúne para verlos y me cuesta imaginar a qué podría deberse la Roja fuera del campo, cuál podría ser nuestro mínimo común denominador, sabiendo que una parte del país que representan se enfadaría.
Por eso, botaré. Y lo haré como nunca porque en la final de este Mundial, no estreno un corazón partido, sino uno doble.
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