Una deuda con Messi | Mundial 2026 de Fútbol


“Se podrían contar con los dedos de una mano las personas que nos han hecho realmente felices en esta vida”, le dijo el novio a la novia en una boda a la que asistí recientemente. Hay gente así de exigente o así de desafortunada, supongo. Incluso temeraria, pues soltar semejante perla delante de 150 invitados es jugarse la estampida generalizada y que te reclamen el dinero aportado a la supuesta ONG en concepto de regalo. Como le conozco desde niño, sé que uno de los cinco señalados debería ser Messi y, como no soy ningún necio, me cuesta imaginar que entre las cuatro restantes me encuentre yo.
Hay personas a las que debes demasiados momentos de felicidad como para desearles ningún mal. No importa de qué las conozcas, ni tampoco que ellas sepan que existes. Han estado ahí durante años, acompañándote en la distancia como un zepelín que sobrevuela silencioso la ciudad, siendo parte de tu vida sin pretenderlo, hasta que un día tomas conciencia de que les profesas una forma muy particular de gratitud. A mi abuelo le ocurrió con Salvador, que era el primer cliente que entraba en su bar cada mañana. Y mi padre con Cruyff, que le cambió el carácter y hasta el corte de pelo sin mediar contacto. A mi supuesto amigo, el de la boda, y a mí, nos pasa lo mismo con Lionel Messi.
No se trata de medirnos el patriotismo ni de besar una banderita impresa sobre el DNI. Soy legalmente español, pago mis impuestos, ayudo a quien puedo en lo que puedo y me siento lo suficientemente ligado al territorio y a sus gentes como para querer que España gane la final de este Mundial. Nos lo hemos merecido más que nadie y cuesta no ilusionarse ante la posibilidad de ver a esa reducida representación de nosotros mismos levantando la copa al cielo de Nueva Jersey. Eso no se discute, pero tampoco pasa nada por reconocer cierto desconcierto al descubrir que no encuentro la manera de desear la derrota a Leo.
Tampoco necesito discutir si Messi ha sido el mejor futbolista de la historia. Bastante tiempo perdemos ya intentando resolver debates que nunca terminarán. Me basta con saber contar y recordar quién me ha hecho levantarme más veces del sofá creyendo que acababa de ver algo irrepetible. O las ganas de encontrar a un ausente para poder contárselo. En el caso concreto de los aficionados culés, lo disfrutamos durante tanto tiempo que terminamos incurriendo en pecado de rutina, una normalidad que vista con el paso del tiempo debiera parecernos increíble. También su despedida. Porque cuando todo se torcía, ahí estaba Messi. Y no hablo de fe, sino de experiencia.
Es bastante habitual descubrir el privilegio en ausencia. Lo mismo nos ocurre con la salud, el dinero o el amor y avisados estábamos en forma de canción. Por eso esta final tiene algo distinto a todas las vividas anteriormente. No solo porque enfrente esté
Argentina, que es como pelearse con un hermano por la mejor cama del cuarto, sino porque está él. Pero hemos de saber que cualquier reflexión previa desaparecerá en cuanto eche a rodar el balón, es ley de fútbol. La pasión suele atropellar a las buenas intenciones (como demostró mi amigo sobre el altar), de ahí que celebremos cada embestida de España y suframos las de Argentina, aun sabiendo que una parte de nosotros seguirá sin encontrar ningún placer en ver perder a Messi. Porque hay deudas que nunca se pagan suficientemente y la gratitud, incluso en el fútbol o en las bodas, también juega sus finales.
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