Courtois y la generación que se mueve entre el oro y el conflicto


Al fútbol le gusta envolver en etiquetas grandilocuentes a los equipos que marcan una época. La más recurrente es la de la generación de oro. La primera, y seguramente la más recordada, fue la de los Magiares Mágicos de Hungría en 1954. Suele ocurrir con las selecciones menos glamurosas, aquellas cuya producción de estrellas mundiales no es inagotable. Brasil nunca necesitó una. Si hubiera que adjudicarle una, habría tantas generaciones de oro que resultaría injusto detenerse solo en la de 1970. Algo parecido sucede con España: nadie discute el legado de Casillas, Xavi y compañía, pero apenas una década después ya asoma otra camada, con Lamine Yamal como estandarte, dispuesta a desbancarla o, al menos, a compartir su lugar. Bélgica, en cambio, recorre el camino inverso: asiste al lento adiós de un grupo tan brillante como conflictivo que se resiste a bajar el telón en Estados Unidos, México y Canadá. Así lo entiende uno de sus últimos grandes referentes, Thibaut Courtois.
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