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Wimbledon 2026: El puzle del tenis no acaba de encajar: entre la tradición, lo económico y los cambios necesarios | Tenis | Deportes

En las interioridades de Wimbledon, el veterano periodista Richard Evans —incombustible a sus 87 años— se dirige a Àlex Corretja durante una charla en el comedor y le desliza antes de hincarle el diente al plato: “We need Carlos…”. Y así es, el tenis de hoy necesita que vuelva la incomparable magia de Alcaraz, de la misma forma que en los últimos tiempos se estudian y plantean fórmulas que permitan dinamizar, cohesionar y modernizar un deporte encadenado históricamente a la tradición. Sin embargo, la sociedad cambia, las audiencias demandan nuevos estímulos y los rectores —torneos, estamentos, organismos e inversores— quieren exprimir hasta límites insospechados el concepto de la industria. Esto es, multiplicar la cifra de ceros.

Novak Djokovic, que algo sabe del tema, alzaba la voz a su llegada al All England Club y exigía una renovación “integral” del sistema que permita conciliar los intereses de todas las partes y agentes: lo deportivo con lo comercial, lo estructural con la salud de los actores principales (los tenistas) y responder, porque así funciona esto, a los nuevos hábitos de unos consumidores que viven con el móvil en la mano y que ya no aguantan sentados dos horas frente al televisor. El serbio, de 39 años y enrolado en la élite desde 2003 —por lo que conocimientos no le faltan—, venía a demandar que se corrija un desequilibrio que sigue pronunciándose, derivado de que cada ente —dinero y más dinero— vele por sus intereses con una mirada egoísta, en vez de una global.

En otro de sus análisis de situación magistrales, Nole criticó la saturación de la agenda anual, la proliferación de las lesiones —demostrada por las estadísticas— y cómo mientras unos van llenándose los bolsillos de manera desmesurada, otros sufren. “Necesitamos un reinicio a gran escala. Nuestros circuitos no funcionan nada bien. Hay muchas cosas entre bastidores que no van por el buen camino, así que deben revisarse los formatos, las reglas y el calendario”. “Si queremos competir en términos de popularidad con otros deportes, las partes interesadas deberían reunirse, pero no creo que eso vaya a suceder porque hay más conflicto que unidad”, radiografiaba el de Belgrado.

Djokovic dice que con los “parches” de hoy no basta y, pese a su estatus privilegiado, ganado a pulso, su reivindicación ha sido siempre panorámica: poniendo el énfasis especialmente en los tenistas más modestos. Demanda más poder para los jugadores, al mismo tiempo que recuerda que la edad media del aficionado es de 61 años. “Esto no está funcionando”, defiende, mientras de puertas adentro sigue produciéndose un debate interminable que no llega a ningún puerto. O sí, el estrictamente económico.

Rejuvenecer audiencias

“Estoy en el Council (Consejo) de Jugadores”, recuerda Jaume Munar. “Y es verdad que hay una serie de cosas complicadas, pero no creo que debamos ser alarmistas ni muy disruptivos. ¿Que debe haber cambios? Sin ninguna duda. Es una realidad. Está claro que debemos revisar el producto, pero no debemos olvidar que los torneos son, en general, más productivos que nunca, que tenemos mucho engagement (compromiso) de los aficionados y que la industria está creciendo muchísimo”, contesta a este periódico. El propio tenista admite que a él mismo se le hacen “largos” algunos partidos y que siente la necesidad de que en términos de espectáculo, “cambie algo”.

Porque más allá de lo ejecutivo y de la fragmentación organizativa —Grand Slams, resto de torneos, ATP, WTA, ITF, propietarios…—, asoman también con fuerza voces que reclaman retoques en el juego para rejuvenecer las audiencias. En su día, esa premisa fue la base en la concepción del nuevo formato de la Copa Davis, implantado en 2019 tras 125 años intacto, sin reforma alguna: “Los millennials piden más emoción”, razonaba Gerard Piqué, ideólogo del proyecto, en EL PAÍS. “La gente tiene cada vez menos capacidad de concentración y de atención, eso es así. Hay partidos que interesan mucho y finales épicas, pero también hay primeras rondas de cinco horas que no se las traga nadie”, profundiza Munar, de 29 años y 44º del mundo.

La fisonomía de los tenistas de hoy, al igual que el resto de los deportistas, ha evolucionado exponencialmente respecto a la de hace dos o tres décadas, de modo que hay quienes plantean una revisión de los materiales —más livianos y más potentes—, o bien su rediseño o establecer contrapuntos para que la acción no sea demasiado lineal, tan ceñida a la fuerza. Añadir creatividad. “La altura media se ha incrementado de manera considerable, así que, ¿por qué no subir la red?”, propone Toni Nadal. El técnico también sugiere recortar el mango de las raquetas para atenuar la trascendencia de las palancas, mientras la legendaria Martina Navratilova es partidaria de reducir el área de impacto.

“Yo obligaría a utilizar raquetas con la cabeza más pequeña. Así tendría mucha más importancia la técnica. Reduciría la velocidad y exigiría más control. Hablé con Rory McIlroy en el Royal Box y me dijo que él también lo haría con los palos de golf; los de ahora son enormes y en el tenis pasa exactamente lo mismo. La técnica recuperaría valor. Veríamos más saque-volea, más subidas a la red…”, apuntaba estos días en Tennis Channel.

Reglas y juego

Las Next Gen ATP Finals —torneo equivalente a la Copa de Maestros de las promesas, celebrado en diciembre— se han convertido en un campo para la experimentación desde 2017. Allí se han probado múltiples cambios como la supresión del let (en el saque; valdría el toque en la cinta) o la de la ventaja (punto de oro con deuce), y sets a cuatro juegos en vez de seis; ensayos que también afectan a lo tecnológico e incluso lo estético, como la eliminación del pasillo de dobles que en su día ya se aplicó en algunas citas como el antiguo Masters. También el movimiento libre del público en plena competición. “Yo seguiría igual, pero si debo cambiar algo, sería que los chicos jugasen a tres sets en vez de cinco”, apunta la gallega Jessica Bouzas, 52ª del mundo.

“A mí, ese tipo de cambios me parecen demasiado…”, sostiene Munar. “Pero este es un deporte muy tradicional y bastante clasista en muchos aspectos, así que… ¡claro que se tienen que hacer cambios! Ahora bien, con cuidado”, añade. Consultado por este periódico, Alejandro Davidovich responde: “Siempre es la misma historia, así que no hay ningún cambio nunca. No voy a opinar porque diga lo que diga da igual, así que paso de opinar… Llevamos todos los años igual, así que, ¿para qué opinar?”. “A mí es que me da igual. Yo ni pincho ni corto en la ATP…”.

Es el puzle que no termina de encajar. Las partes expresan la voluntad de cambio, pero el dinero llama, domina y dirige —así lo expresa la multimillonaria acogida a Arabia Saudí—, y desde un punto de vista estructural, el tenis sufre. Ya no queda hueco alguno en el calendario y los profesionales —salvo excepciones como la de Djokovic— terminan colapsando en la rueda, ya sea física o emocionalmente. No están tampoco de acuerdo con el reparto del botín. Crecen los premios, pero consideran que la porción que les corresponde debería ser superior y amenazan con un plante que por ahora queda solo en eso, la amenaza. Y, mientras tanto, se acentúa el distanciamiento entre ellos y los que ordenan. “No nos escuchan. Solo nos utilizan. No puede ser una relación de una sola dirección”, lamenta Andrey Rublev.

Son los desencuentros, las perspectivas y el debate en el paisaje tenístico de hoy: próspero, desde luego. Pero también mejorable.


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