Juegos mentales en la salida del Tour de Francia en Tarragona | Ciclismo | Deportes


En Tarragona, en la salida, se habla de cabezas y sentimientos alrededor de los autobuses. Decenas de periodistas sitian el vehículo del Decathlon, donde Paul Seixas se toma un café mirando el jolgorio que le espera. En la puerta, una vigilante, una directora de comunicación, experiodista de L’Équipe, contratada para el Tour con una sola misión: ser el filtro de comunicación del niño de los rizos dorados con el resto del mundo. Un escudo ya estresado antes del comienzo de la segunda etapa, cargada con la adrenalina y la ansiedad de la que lidera a su ciclista.
Hay que protegerlo, han decidido los responsables del equipo. El Tour es una olla a presión. Que la burbuja que le rodea no reviente, que no se distraiga, que se haga dueño de las tres presiones –los deseos de la sociedad, toda Francia en sus hombros; las necesidades del equipo que le paga un salario elevado por lo que puede ser, no por lo que ha sido, y su propia ambición, su anhelo de ser campeón—que, devoradas, le ayudarán a transcenderse en la carretera. Si se deja devorar por ellas en un ambiente tan agobiador como el del Tour, acabará quizás, víctima de la ansiedad y el miedo, como Cian Uijtdebroeks, un joven belga fichado por el Movistar para liderar el futuro del equipo que llegado el momento clave de la contrarreloj por equipos, cuando le tocaba a él destacarse solo, se vino abajo. Fue un golpe tremendo para las ilusiones de un conjunto que llevaba preparando la prueba desde hace un año casi.
Iván Velasco, el ingeniero de rendimiento, había colaborado en el desarrollo de un casco ultraaerodinámico; Canyon había afinado las bicicletas. Manillares, ruedas. Todo magnífico. Control de vientos, presiones, vatios, pendientes. Todo planificado al milímetro. Y los corredores se habían contagiado de la misión hasta convencerse de que era lo suyo, como demostraron en las contrarrelojes por equipos de Mallorca, en enero, y de la Dauphiné, en junio. Antes del Tour, el primer golpe a las ilusiones: Iván Romeo, la locomotora principal, enfermó en la Dauphiné y no llegó al Tour. Pese a ello, rodaron magníficos por las largas rectas de Barcelona, marcando los mejores tiempos. En las primeras curvas, todo se tuerce. Uijtdebroeks, que tampoco es el mejor contrarrelojista del mundo, comienza a perder contacto con la rueda que le precede. Las radios no funcionan. Delante, Castrillo, Cepeda y García Pierna siguen tirando duro. Solo un tiempo después, se dan cuenta de que el líder no les sigue. Se paran a esperarle, según la estrategia decidida antes de comenzar. Enlaza, pero vuelve a sufrir. Solo entonces deciden que sea García Pierna quien se lance en solitario a por la subida final. El equipo, que llevaba ritmo para ser séptimo, acabó 20º.
Más allá de la frustración por el mal puesto, la situación podría convertirse en el inicio de un conflicto doble: los gregarios podían perder la confianza en su líder, y este sentirse culpable por no haber estado a la altura de su posición. “Hablé con la coach mental de los preparadores, Uxue Otxoa, que me confortó: lo importante es hablarlo ya por la noche, decirlo todo, analizarlo, cerrarlo”, explica Velasco, quien para nada está dispuesto a que el belga pueda sentirse culpable de nada. “Y eso hicimos. No hay herida. No habrá secuelas. El Tour es muy largo. Todo el mundo tiene un mal día y estamos seguros de que Cian podrá acabar entre los 10 primeros”.
“La decisión de esperar fue la correcta”, le apoya Otxoa. “La obligación del equipo es hacer que el líder se sienta protegido. Y tiene que saber que el equipo está con él”.
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