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Isaac del Toro se impone en Montjuïc en un final de exhibición del UAE de Pogacar en el Tour de Francia | Ciclismo | Deportes

Cuando pasan los Reyes Magos y su cortejo por las calles, los padres se esfuerzan en fingir emoción para contagiar a los niños, que contemplan entre asustados y ansiosos, pero pasa el Tour a 60 por hora por el Paral.lel, un misil afilado y son los niños los que fingen emoción, tanta ilusión adivinan en los ojos de sus padres, insomnes varios días, impacientes, tan ansiosos por coger todos los regalos que caen, por fardar de cuántos ciclistas han reconocido, por avanzar sabios lo que pasará unos kilómetros más allá, ya verá, ya, Pogacar se la tiene guardada a Vingegaard, y ya verás cómo se la devuelve, golpe por golpe, en el mentón, en la boca del estómago, mira cómo le preparan el terreno Yates, McNulty, Del Toro, cómo, cómo… y se equivocan muy poco todos los que se lo pasan genial dando vueltas por su infancia en bicicleta, como la pasó Joan Manuel Serrat, que ve desde la tele de su casa al Tour subiendo por las calles de su Poble-sec al ritmo frenético de los UAE apresurados. No gana Pogacar pero devuelve el golpe. Lo hace de una manera sofisticada, meditada en el instante, para hacerlo más fuerte, para quitarse de encima el complejo de inferioridad psicológico que siente en ocasiones ante el danés paciente y tranquilo, inalterable. Pogacar se disfraza de Rey Mago que regala caramelos a los niños y sueños y la victoria de etapa a su hermano pequeño Isaac del Toro, con el que tanto ha querido.

Cruzan la meta uno al lado de otro, unos centímetros más retrasada la bici del esloveno que le da collejitas y golpes en la espalda a Del Toro, el mexicano imponente que levanta los brazos después de un viaje alucinante de apenas dos kilómetros, un descenso a la caza de Skjelmose, un exterior rozando el filo de una navaja en una curva muy abierta y un ascenso final en el que solo pueden acercarse su Pogacar, Evenepoel y Vingegaard. Los otros grandes, los aspirantes Ayuso, Seixas, Lipowitz, los especialistas Pidcock, Lenny, Grégoire, Carapaz, se quedan perspirando, hiperventilando, maldiciendo los dolores de piernas inútiles, y lejos. “Ganar una etapa del Tour es un escenario que ya había imaginado, pero estaba mirando las pantallas gigantes porque no podía creer que estuviera pasando, y quería estar seguro de ello”, dice luego, y ni la emoción ni los sudores se han disipado aún del maillot de campeón de México del ciclista de Ensenada, ganador de la primera etapa en línea de su primer Tour, un designio de campeón. Es el segundo mexicano que gana en el Tour, más de 30 años después de las dos victorias de Raúl Alcalá, de Monterrey. Y por la pantalla pudo ver cómo Pogacar se frenaba a sus espaldas controlando la distancia a la que llegaba Jonas Vingegaard, más lento, menos adaptado a un final anaeróbico, explosivo. Guardando las distancias como un guardaespaldas experto que renuncia hasta a 4s de bonificación. “Soy un privilegiado por que me quieran así”, resume Del Toro después de abrazarse, llorar, intercambiar sudores, lágrimas, mocos en estrecho abrazo con su hermano mayor, el que busca su quinto Tour. Y son dos niños abriendo regalos un seis de enero al amanecer. “Fue simplemente hermoso”.

No trasnochará el ciclista para ver a su México contra Inglaterra. Le espera el lunes una etapa de montaña, la travesía de los Pirineos, en la que el Tour y sus seguidores chocarán contra una realidad que no se puede engañar, la de los incendios forestales, compañeros inseparables de las olas de calor en territorio de canículas sucesivas, hijos ambos del cambio climático al que tanto contribuye el propio ciclismo, y los grandes eventos deportivos, con su devoción por los patrocinadores –Total, Ineos, UAE, Uno-X, Baréin, Arabia Saudí…– cuyas ganancias y economía dependen de los combustibles fósiles, y su dependencia económica. Un gran incendio en la zona de Trévillach, a unos 70 kilómetros de la meta, ha llevado al prefecto (gobernador civil) de Pirineos Orientales a prohibir la asistencia de público a las cunetas en los 45 kilómetros que la etapa que parte de Granollers el lunes recorrerá en territorio francés, desde Puigcerdà hasta la meta en Les Angles, junto a Font Romeu. Después del exhibicionismo del sábado ante la Sagrada Familia y de la fantasía infantil del domingo ante el castillo de Montjuïc, el tercer asalto del combate Vingegaard-Pogacar que convierte en un ring carreteras acosadas por el humo, tendrá un carácter íntimo, pero no menos violento.


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