Más allá del fútbol: Las otras victorias de México en el Mundial

“Busco a mis amigos. Los extraño”. La frase aparece en un video grabado en las calles de Guadalajara. Un aficionado surcoreano buscaba a los amigos mexicanos con los que había compartido una celebración en el Mundial de Rusia 2018. Habían pasado ocho años sin verse, pero bastaron unos días para que las redes sociales ayudaran a que se diera su reencuentro en México. Una escena que condensa mejor que cualquier campaña el espíritu que ha rodeado al torneo. “El fútbol nos une”, repite Gianni Infantino, presidente de la FIFA. Pero esa unión no está en el negocio construido por el organismo. Tampoco (necesariamente) dentro de los estadios, sino que encuentra su lugar en lo espontáneo. En lo que ocurre en plazas, parques, bares y restaurantes.
El Mundial en México ha sido más que solo una fiesta. En Monterrey, por ejemplo, los regios adoptaron a Japón durante el partido frente a Túnez. Quizá la influencia del anime, la cercanía cultural que sienten las generaciones más jóvenes o simplemente por simpatía. El motivo importa poco cuando lo que pasó fue que se abrazaron como hermanos. Ocurrió, además, en presencia de la princesa Hisako de Takamado, quien asistió a ese partido, que fue además el número 1.000 en la historia de las Copas del Mundo.

Con Corea del Sur ocurrió algo parecido. Cientos de videos muestran a los aficionados de ambos países besarse, abrazarse y lanzarse por el aire. México y Corea del Sur fueron amigos, rivales y nuevamente amigos en cuestión de una semana. El alocado paso de los asiáticos por la capital tapatía empezó bien y tuvo su momento más tenso cuando las selecciones se enfrentaron y México venció. Rivalidad que se esfumó apenas unos días después en Monterrey, donde un Estadio BBVA con lleno total, hizo sentir a Corea como en casa.
El torneo ha servido incluso para tender puentes políticos. Felipe VI y la presidenta Claudia Sheinbaum aprovecharon la visita del monarca al partido entre España y Uruguay este viernes en Guadalajara, para reunirse tras años de distanciamiento diplomático entre ambos países. La relación había comenzado a recomponerse mediante intercambios culturales, pero el fútbol puso el escenario.
Los colombianos son otro ejemplo. Miles viajaron entre Ciudad de México y Guadalajara para acompañar a su selección mientras en su país se celebraban unas elecciones presidenciales marcadas por la polarización. Si en Colombia la camiseta nacional fue utilizada como símbolo político, en México fue parte de la marea amarilla, una comunidad que se reunió en el Ángel de la Independencia y desbordó el Estadio Azteca.

Por su parte, Irán, obligada a establecer su concentración en Tijuana debido a las restricciones para permanecer en Estados Unidos, terminó encontrando una ciudad que la adoptó. Aunque Tijuana no es sede del torneo, los aficionados esperan fuera del hotel tras cada entrenamiento, y los niños buscan una foto o autógrafo. Su ubicación, una solución logística, evolucionó a una relación de afecto entre una selección y la comunidad que decidió recibirla.
Quizá el vínculo más obvio, aunque valioso que ha dejado este Mundial es el de los propios mexicanos. Cerca de 150.000 personas acudieron al primer festejo en el Ángel de la Independencia. Unas 400.000 llegaron al segundo, y 800.000 este miércoles que la selección conquistó los nueve puntos. Horas de festejo en las que se diluyen las diferencias políticas, sociales o económicas. Las heridas, por supuesto, continúan, pero la comunidad también.
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