Cabezazo


Repentino golpe seco rompe el cráneo como si fuera huevo prehistórico. La calva piedra se agrieta con forma de rayo: pérdida instantánea de conciencia y el sueño incierto se llama coma como nube. En el caso de un ya heroico centro delantero el milagro cristaliza años después, aún con una banda acolchonada que le abraza las sienes y con el doloroso costo de perder a su padre tres meses antes de acertar un testarazo fulminante, girando la frente hacia abajo para que el césped se vuelva alfombra y el gol explote en la entrañable red de los siglos. Ochenta mil almas en el Azteca para un remate perfecto -de cabeza y de cuento- del jugador que señala hacia el cielo paterno… y en el caso de mi hermana la grieta que abrió su cráneo en un absurdo accidente automovilístico de hoy hace un año que también la sumió en meses de coma, nube de confusiones de la que despertó hace pocos meses en su milagro indescriptible para descubrir otro dolor añadido: la muerte de nuestra madre que apenas al año de su velorio ronda como sombra el mismo instante en que su hija vuelve a ser la niña de siempre, ahora abuela de hermosos nietos… camiseta verde y ojos de papel volando, cabezazo milagroso en vías de poder recordar toda su memoria intacta para corear el mismo pinche grito de “¡gol!» que irradia desde el área chica del párpado delantero que llora conmigo.
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