Y ese día arderá París | Mundial 2026 de Fútbol


El 12 de julio de 1998, la Francia de Zinedine Zidane y Thierry Henry le metió tres goles como tres soles a la todopoderosa Brasil de Ronaldo Nazario para levantar el primer Mundial de su historia. No era solo eso. Ganó un país que intentaba integrar a los hijos de su inmigración, convertidos en campeones. Aquella selección reunía jugadores con raíces en África, el Caribe, Armenia o el País Vasco, un reflejo del país. Luego, más de un millón y medio de personas invadieron los Campos Elíseos tras la victoria de una Francia, al fin, abiertamente multicultural. No fue una noche sin incidentes, como se dijo años después. Pero tampoco la tormenta que llegó luego a la calle. La semana pasada, veintiocho años después, el PSG logró su segunda Champions League y la policía detuvo a 890 personas personas, se registraron 219 heridos, disparos de mortero, pillajes en supermercados, atropellos, agresiones sexuales. Todo, mientras los ultras estaban en Budapest viendo la final. No es el fútbol.
El 19 de abril, si Francia gana, el país a arderá y nadie podrá evitarlo. Pero si no, es posible que también. Ocurre en muchas celebraciones. Hay una querencia por el asalto al centro de la ciudad. De fuera a adentro. Es una extraña forma de cristalización de la fractura social y del fracaso de aquella integración que parecía descontada sobre el terreno de juego en 1998 en el estadio de Saint-Denis, epicentro de la banlieue parisina, donde hoy gobierna por primera vez un alcalde negro y musulmán. También simboliza el desgaste emocional de una periferia que ocupa el foco de atención solo cuando toca marcar goles y que, en el caso de los bleus, simboliza mejor que ningún tratado sociológico los cambios que ha vivido Francia desde la guerra de independencia de Argelia.
Esa banlieue, desde Lyon, a París, pasando por Grenoble es el vivero del talento de Francia. Solo los suburbios de Île-de-France -la región de París- aporta en este Mundial ocho jugadores. Todos ellos entendieron desde el otro lado del boulevard périphérique (la M-30 parisina) lo lejos que iban a estar de todo encontrándose solo a 12 kilómetros del centro. También en el discurso del odio, que pocas veces atravesó esa frontera urbana, social y mental.
Mbappé, nacido en Bondy, como William Saliba, defensa del Arsenal y jugador de la selección francesa, es su hijo más ilustre. Tendrá sus cosas, como todos. Pero no traga con eso. El delantero del Real Madrid llamó a sublevarse en la pasada Eurocopa contra la ultraderecha. Los jóvenes que se manifestaban ahí hace 15 años en la calle, ahora tienen 30, 35 o 40 años. Y en lugar de una radicalización, como auguraban el estigma que les colocó el lepenismo, la mayoría ha vivido un cierto aburguesamiento. Ahora tienen hijos, una vida profesional, y exigen un reconocimiento. Normalidad. Algo parecido a lo que podrá verse sobre el terreno de juego en EE UU.
El equipo que dirigie Didier Deschamps, que fue jugador en aquella campeona de 1998, es el reflejo de una sociedad a dos velocidades. Fracturada. La que se ha transformado y la que todavía no lo ha aceptado. La nueva Francia, como la llama Jean-Luc Mélenchon, el vehemente líder de La Francia Insumisa (LFI), que espera cabalgar los márgenes para llegar al Palacio Elíseo. Pero también la vieja. La que desea volver atrás, expulsar, cerrar. Son los dos países que se verán las caras después del Mundial en un año electoral en el que, por primera vez, la ultraderecha tiene buenas cartas para alcanzar la jefatura del estado. Ese día, si alguien se empeña en seguir sin escuchar a los vecinos que crecieron junto a los jugadores de la selección, el país arderá de verdad.
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