Odegaard reta al rey Vitinha en la final de la Champions | Fútbol | Deportes


El sol penetra por el cráter del Puskas Arena y endulza el aire perfumado de hierba de Budapest. En el círculo central Luis Enrique, rubicundo y excitado, escudriña el paisaje con ojos de zorro. Lo secunda su estado mayor, Joaquín Valdés y Rafa Pol, y entre todos siguen el rondo. Los jugadores del Paris Saint-Germain se colocan sobre el campo como marcadores en el bisel de un reloj y empiezan a darse pases. La pelota circula y describe trayectorias aparentemente azarodas hasta que llega al pie de Vítor Machado, Vitinha. Cuando el Maestro toca el balón la esfera inanimada adquiere algo parecido a la inteligencia y todos los compañeros reaccionan a la llamada del pequeño líder. El mejor centrocampista del mundo es el hombre clave en la final de la Champions que se disputará este sábado (18.00, Movistar y La1). Si el Arsenal de Mikel Arteta quiere arrebatar la corona al PSG de Luis Enrique, tendrá que superar el ingenio de Vitinha.
El título reúne al campeón de la Champions 2024-25 contra el campeón de la Premier. Pocas veces la final del torneo más prestigioso ha enfrentado a dos equipos tan potentes en su apogeo. Solo el trabajo sostenido en el tiempo ha permitido a Luis Enrique (tres años desde su contratación) y Arteta (seis años) adiestrar a sus jugadores hasta integrarlos en modos de funcionar y sentir que rozan la telepatía. Cada uno en vertientes opuestas del 4-3-3. Mientras que el Arsenal es el imperio de la especulación y la adaptación al rival, el PSG muestra una veta más salvaje, más decididamente atacante, menos calculadora, menos atenta a evitar errores en su afán de generar peligro.
“Más que hablar de dos ideas diferentes, diría que estamos ante dos ideas que se parecen pero que siguen caminos diferentes”, dijo Luis Enrique en su francés germinal, ayer durante la conferencia de Budapest. “Ellos son el mejor equipo del mundo en el juego sin balón, pero también marcan muchos goles; y nosotros hacemos muchos goles y también defendemos muy bien”.
La idea que los identifica es la presión al hombre en campo contrario. Tanto el Arsenal como el PSG han evolucionado esta herramienta hasta convertirla en un arma capaz de asfixiar a cualquier rival. El centro del campo es el sello hispánico de ambos y el resorte del que parte todo. La presión propia y la escapatoria a la presión ajena. Gracias a sus volantes, el Arsenal y el PSG están en disposición de intentar llevar la iniciativa en cualquier escenario. Pocas veces, tal vez nunca en la era moderna del torneo, una final de la Champions ha puesto frente a frente a centrocampistas más cualificados en el esplendor de sus carreras. Vitinha, Neves, Fabián y Zaïre Emery contra Odegaard, Rice, Zubimendi y el versátil Trossard compondrán una batalla inolvidable. Será el portal de la Copa del Mundo que se avecina con un giro supertáctico imposible de ver en el fútbol de selecciones.
“No podemos esperar a jugar este partido”, dijo Martin Odegaard, el gran estratega del Arsenal, antes de completar el último entrenamiento. Si hay un futbolista capaz de superar a Vitinha en creatividad organizativa ese es el noruego de 27 años que ayer se mostró reconcentrado y grave, flaco hasta descubrir los huesos de los pómulos, como los atletas después del maratón. “Haber ganado la Premier con el Arsenal después de 22 años nos ha llenado de confianza y vibraciones positivas”, comentó el jugador, “luchamos durante tanto tiempo por la liga que ahora que el ruido de fondo se apagó, cuando ya no oímos a la gente que decía que nunca ganaríamos, sentimos un alivio positivo. Nos quedamos con las buenas experiencias. Con todo el esfuerzo por el que hemos pasado como grupo”.
El Arsenal, sobrecargado
Después de tres temporadas frustrantes sin más premio que tres segundos puestos seguidos, el Arsenal conquistó una Premier que amenaza con transformarse en victoria pírrica si Arteta no logra gestionar el desgaste anímico que supusieron los últimos meses de competición. La plantilla está exhausta. Ningún equipo ha disputado más partidos en Europa desde que comenzó la temporada. La final de la Champions es el último reto de unos futbolistas que han tenido que exprimirse para arrancarle un punto más al Manchester City. Los minutos de competición que acumulan en las piernas es revelador de la escasez de rotaciones. Raya (4.500), Rice (4.336), Zubimendi (4.269), Saliba (4.134), Gabriel (4.090), Gyokeres (3.429), Timber (3.309) Saka (3.173) y Eze (3.087) superan los 3.000 minutos de competición en todos los frentes, mientras que en el PSG los más utilizados evidencian una planificación completamente revolucionaria por parte de Luis Enrique.
El técnico asturiano respondió a la saturación del Mundial de Clubes del verano de 2025 dando descanso a la mitad de su plantilla. Aprovechó la falta de exigencia de la Ligue 1 para rotar y procuró conservar la estructura de los titulares en la Champions. Así se refleja en la lista de los 11 futbolistas más empleados del año: Zaïre-Emery (4.199 minutos), Vitinha (3.951), Pacho (3.719), Barcola (2.934), Mendes (2.859), Kvaratskhelia (2.825), Joao Neves (2.581), Marquinhos (2.564), Hakimi (2.499), Doué (2.438) y Dembélé (2.110). Todos llegan a la final más frescos que sus contrincantes. Dembélé, el Balón de Oro, apenas inició 11 partidos de la liga francesa pero disputó 12 encuentros de Champions en los que anotó siete goles decisivos.
Antes de organizar un entrenamiento con bicicletas estáticas sobre la hierba, señal del estado de su equipo, Arteta pronunció un discurso monocorde: “Hace 20 años que el Arsenal no alcanza una final de la Champions. Es tamos ante nuestra oportunidad de hacernos con el momento. Es la segunda final en nuestra historia y no sentimos la presión. ¡La ambición es mayor que la presión!”.
Arteta suena a psicólogo conductista. Ha construido un equipo férreo, tal vez demasiado. “Odegaard es un líder al que yo confiaría mi vida”, dijo el entrenador, señalando a su capitán. El noruego sabe que está ante el partido de su vida. También que el único camino hacia la gloria pasa por arrebatarle la corona al Maestro.
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