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la creencia de un mal místico agrava aún más el control del brote de ébola el RD Congo

A diferencia de otros habitantes de Mongbwalu, en el corazón del devastador brote de ébola en el este de República Democrática del Congo (RDC), Laureine Sakiya cree en la existencia del virus que ya se cobró la vida en su vecindario.

«La enfermedad existe», afirma esta mujer de 26 años entrevistada por la agencia AFP. «Las autoridades tienen que traernos vacunas», agrega.

Pero lo que no existe es vacuna ni tratamiento para el virus Bundibugyo, una variante extraña que provocó esta 17ª epidemia de ébola en el vasto país centroafricano.

Lo que tampoco hay es un consenso entre los vecinos de lo que está sucediendo. Al menos, no lo hubo en el comienzo del brote, y eso podría haber ayudado a su rápida expansión, con cuidados que no se tomaron adecuadamente y hasta cadáveres manipulados sin controles.

Dos vecinos esperan junto al ataúd de una persona que murió por ebola en Congo. Foto: Reuters

Tal es así que algunos creían que la última epidemia se debía a una «enfermedad mística», una creencia común en algunas zonas remotas de RDC.

«Al principio, la gente creía que se trataba de un asunto de ataúdes«, dijo Jonathan Imbalapay, líder de la sociedad civil en Mongbwalu.

Un cadáver infectado que viajó 80 kilómetros

El primer caso sospechoso se identificó en Bunia, la capital provincial. Tras la muerte del hombre, su familia trasladó el cadáver a Mongbwalu.

Pero el trayecto de 80 kilómetros por las carreteras del este de RDC, conocidas por su mal estado y sus baches, dañó el ataúd, lo que dejó al descubierto el cadáver infectado por el ébola.

Una mujer congoleña mira el operativo de desinfección de la casa de un enfermo de ébola. Foto: Reuters

Los líderes tradicionales y algunos lugareños querían quemar el ataúd dañado.

Después de que las pruebas realizadas en un laboratorio provincial no lograran identificar el ébola como la fuente, no se tomaron medidas para contener la enfermedad en la ciudad.

No fue hasta que las muestras llegaron al laboratorio de investigación biomédica de la capital, Kinshasa, a casi 1.800 kilómetros de distancia, cuando se confirmó el brote de ébola.

Los baldes de plástico dispuestos para el lavado de manos. Foto: Reuters

Adam Hussein, un representante de 35 años de los curanderos tradicionales de Mongbwalu, se inquieta por esta actitud incrédula y pide a todo el mundo que tome precauciones.

«Me preocupan aquellos que dicen que esta enfermedad es inventada«, afirma.

Más de 200 muertes sospechosas

Hasta ahora, la Organización Mundial de la Salud (OMS) estima en 220 el número de muertes por el brote, diez de ellas confirmadas. La cifra de supuestos contagios supera los 900 casos.

El brote se centra en la región de Ituri, en el noreste, donde décadas de abandono y de conflicto han alimentado un sentimiento de desconfianza hacia el Estado congoleño.

Djakisa Christian, empleada de una casa funeraria, prepara férertos en Bunia, Congo. Foto: AP


Con la epidemia actual, la reacción de la población se mueve entre las críticas a la respuesta del gobierno y la negación de la enfermedad.


Buscadores de oro y vendedores ambulantes cruzan regularmente esta región convulsa y rica en minerales.


Las motos embarradas de gente que viene y va son una estampa habitual en la ciudad de Mongbwalu, a unos 100 kilómetros de Uganda y a apenas 200 kilómetros del inestable Sudán del Sur.

En el espacio de varias semanas, el brote se ha propagado a varias provincias cercanas y ha llegado a Uganda, lo que llevó a la OMS a declarar una emergencia internacional.

Una epidemia fuera de lo común


En el modesto hospital local, levantado en medio de árboles y hierba alta, equipos sanitarios frotan el suelo y las paredes con una solución de cloro.


Mascarillas, gafas, trajes de protección: están equipados de pies a cabeza ante una enfermedad que se transmite por contacto físico cercano o por los fluidos corporales. Pero los dispositivos destinados al lavado de manos están hechos con cubos de plástico.

Los restos de una tienda que fue incendiada en medio del brote de ébola. Foto: Reuters

En el epicentro de lo que se perfila como una de las epidemias más graves de la historia del ébola, la respuesta sanitaria tarda en organizarse.

Hay ONGs locales y la organización internacional Médicos Sin Fronteras (MSF), que ha prestado tiendas de campaña para aislar a las personas infectadas.

«Esta epidemia es algo fuera de lo común», alerta el coordinador de MSF, Florent Uzzeni, desde Bunia, la capital de la provincia, situada a unos 80 km.

Los balances oficiales están «subestimados» porque «la capacidad para hacer pruebas a la población es extremadamente limitada», asegura.


En la parte trasera del hospital de Mongbwalu, un armazón ennegrecido es lo que queda de una de las tiendas de aislamiento incendiada en unos disturbios durante la noche.


No es algo novedoso. En epidemias anteriores, la desconfianza de una parte de la población hacia las autoridades y hacia la existencia de la enfermedad ya había provocado incidentes.


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