El silencio después de todo | Deportes


La Operación Puerto sigue siendo, veinte años después, la mayor operación policial jamás realizada contra una trama de dopaje organizado en el deporte de élite. Ningún otro caso, ni el de Armstrong ni el dopaje de Estado ruso, arrojó una cantidad tan abrumadora de evidencias materiales: bolsas de sangre, documentos, productos dopantes y una red perfectamente estructurada. Todo ello se encontró en registros de la UCO de la Guardia Civil el 23 de mayo de 2006, en una investigación que tuve el privilegio de liderar como investigador principal.
Mucho se ha dicho desde entonces: la imagen de España, las absoluciones judiciales, la ausencia de sanciones deportivas y la identificación casi exclusiva de ciclistas. En España, la operación recibió duras críticas tanto por su desarrollo como por la posterior gestión de los expedientes, que no derivaron en sanciones deportivas.
En el exterior, sin embargo, fue ampliamente elogiada como un modelo de investigación policial, aunque también se criticó con dureza la falta de consecuencias para los deportistas identificados. Veinte años después, poco de eso importa ya. Lo relevante hoy no es tanto lo que ocurrió entonces como lo que ha dejado de ocurrir después.
Solo ocho años antes había estallado el caso Festina en el Tour de 1998. Después nos sacudió el positivo de Johann Mühlegg en Salt Lake City 2002 y el testimonio de Jesús Manzano en 2004. El dopaje ocupaba portadas, abría informativos y condicionaba el relato del deporte.
La Operación Puerto se desarrolló en un contexto de alta visibilidad mediática y clara proactividad de las autoridades deportivas, tanto nacionales como internacionales. Existía entonces una firme voluntad colectiva de defender la credibilidad del deporte y el derecho de los deportistas a competir en igualdad de condiciones.
Muestras de esa voluntad fueron la creación de la Agencia Mundial Antidopaje (AMA) en 1999, la caída de Armstrong, las investigaciones sobre el dopaje de Estado ruso o los reanálisis masivos de muestras olímpicas.
En aquella época, cuando los casos de dopaje eran habituales, se acusaba constantemente a las autoridades deportivas de permisividad, tolerancia e incluso complicidad. El dopaje era un tema de debate intenso y se exigía contundencia y transparencia.
Hoy, sin embargo, es difícil recordar casos relevantes de dopaje en la última década, justo cuando las críticas de permisividad y connivencia han desaparecido casi por completo. Podría ser que la lucha antidopaje haya alcanzado tal nivel de perfección que ya solo quedan casos aislados e individuales. Que ningún país, federación o potencia deportiva tolere ya estas prácticas. Que nadie en el entorno de los deportistas se atreva a cruzar la línea.
Pero también cabe otra lectura: que veinte años después de Puerto, se ha llegado a una conclusión distinta: si no se habla, deja de existir. Pero el silencio no significa inocencia.
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