Henry Todd o cómo el ‘rey del LSD’ acabó creando la primera agencia de bajo coste para turistas del Everest | El Montañista | Deportes

Hace unas semanas, cientos de aspirantes a coronar el Everest se desesperaban en el campo base de la montaña, en su vertiente sur (Nepal), esperando que una enorme masa de hielo se desprendiese al fin y dejase limpio el acceso al campo 1 a través de la cascada del Khumbu. Si los montañeros estaban preocupados, las agencias locales casi entraron en pánico: hay tanto dinero en juego que un Everest cerrado es sinónimo de ruina. Pero los beneficios del turismo de montaña no mejoran la calidad de vida de un país que hace unos meses disparó contra jóvenes que se manifestaron en Katmandú y que estos mismos días ha destruido un enorme campo de chabolas donde se refugiaba casi un millón y medio de trabajadores, desplazados ahora a la fuerza a lugares igualmente indignos pero más peligrosos. Pero brilla el sol en el Everest y los sherpas que equipan el laberinto de hielo y grietas del Khumbu han encontrado, al fin, un camino seguro que evita la masa amenazadora de hielo.
Ninguno de estos trabajadores sabe quién fue Henry Todd, pero los dueños de más edad de las agencias nepalesas de turismo sí que le recuerdan: fue él quien costeó las primeras escaleras metálicas para cruzar las enormes grietas del Khumbu y escalar cómodamente los bloques de hielo más elevados. Muy probablemente Todd hubiese sugerido que se dinamitase el dichoso bloque de hielo para que el show en el Everest fluyese… como el dinero.
Nacido en Escocia en 1945, falleció en su hogar de Katmandú el pasado 3 de noviembre a los 80 años tras sufrir un ataque al corazón. Fue uno de los grandes impulsores del turismo en las montañas más elevadas de Nepal, y en el Everest en particular, cima que no llegó a pisar jamás. No es que Todd amase la montaña de forma irracional, pero sí amaba el dinero, sobre todo si no llegaba fruto de un trabajo convencional. Por algo le apodaban The Toddfather (juego de palabras con The Godfather, el padrino), guiño a su querencia por los asuntos mafiosos. Creó la primera agencia low cost en ofrecer viajes más baratos al Everest, y después a varios ochomiles para aquellos alpinistas sin pedigrí ni grandes cuentas corrientes pero con la suficiente motivación como para ahorrar y comprarse un sueño.
De hecho, se puede decir que la idea le sobrevino en la cárcel, donde cumplió una condena de siete años como cerebro de una de las mayores tramas de producción y distribución de LSD de la historia del Reino Unido. Si los padres de Todd trabajaron para la Royal Air Force, este enseguida escogió otro camino: a principios de la década de los 70 del siglo pasado encabezó una banda de traficantes de droga que quedó desarticulada en 1977 después de que la policía, en la Operación Julie, encontrase a los responsables de la producción y venta de millones de pastillas de LSD. Cuenta la leyenda que cuando los agentes llamaron a su puerta salió a recibirles con una sonrisa: “Me temo, señores, que no vienen a comprobar si tengo al día mi licencia de televisión”. La policía halló en su laboratorio casero más de un millón de pastillas con un valor de 6,5 millones de libras en el mercado negro.
Todd fue sentenciado a 13 años de cárcel, cumplió siete y al salir se lanzó a las montañas. Pronto descubrió que el negocio del Everest podría reportarle interesantes beneficios y decidió abaratar los costes, prescindir del lujo que reclaman los aspirantes adinerados y, simplemente, allanar el camino al techo del mundo para el pueblo. Más clientes, menos exclusividad. Después, extendió la fórmula a ochomiles como el Cho Oyu, Manaslu e incluso al K2. No llegó a ganar tanto como con el LSD pero tampoco le fue mal. Además, enseguida lideró el negocio del oxígeno embotellado, inventando un sistema para rellenar las bombonas vacías.
Todd se ganó la simpatía de los sherpas, a los que cuidaba, y la enemistad de muchos alpinistas, a los que despreciaba cuando se atrevían a llevarle la contraria. Estos últimos solían afirmar que Todd podía ser una persona de gran humanidad o un verdadero sádico, según el rol que él mismo desease adoptar o el humor con el que despertase. A la hora de dirigir sus expediciones, su estilo remitía una vez más al ejemplo carcelario: puño de hierro y escasas réplicas admitidas, y poco importaba que sus capacidades como alpinista fuesen discretas: le gustaba mandar desde su silla del campo base, aunque no siempre tuviese razón.
En 2015, vivió el trágico terremoto que sacudió Nepal en el campo base del Everest, donde también se registraron numerosos fallecimientos, especialmente trabajadores de la etnia Sherpa. Todd estuvo días cavando, buscando los restos de sus hombres y fue el último en abandonar el campo base junto a los cuerpos sin vida de tres de sus sherpas. Los que se ganaban su confianza podían escuchar historias alucinantes de su pasado: le gustaba recordar que no fueron empresarios de cuello blanco los que inventaron el negocio turístico del Everest, sino tipos como él, rebeldes y al margen de la ley. Hoy, apenas queda nadie como él: es el pueblo Sherpa quien hace y deshace a su antojo el negocio de la montaña más elevada buscándose la vida igual que lo hizo Todd, incluso al margen de la ley, como lo muestra el escándalo de fraude a los seguros de accidentes en montaña denunciado hace escasas semanas.
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