Sin Seixas, brilla Paul Magnier, y sin Pogacar, la desgracia se ceba con el UAE en el Giro de Italia | Ciclismo | Deportes

No ha sido la partenza del Giro en Bulgaria un frenesí de vibrantes emociones. No al menos lejos de la meta, donde cada día de competición —tres en este caso, todos con llegada al esprint— deja siempre vencedores y vencidos, germen de cualquier relato. Solo repite triunfo Magnier, el Paul que Francia abraza cuando mira más allá de su niño bonito, Paul Seixas. El otro, esprinter del Soudal Quick-Step y también joven, 22 años recién cumplidos, mirada rasgada, mechones sobre la frente y dentadura infinita, se marcha de los Balcanes cubierto por el púrpura ciclamino de la regularidad y con dos victorias en el zurrón, la última este domingo en las anchas y pobladísimas avenidas de Sofía. El rosa de líder lo mantiene en la capital búlgara el uruguayo Thomas Silva, triunfador en la etapa del sábado.
Los favoritos a la general, inéditos de no ser por el arreón de Jonas Vingegaard y Giulio Pellizzari en los últimos repechos de la segunda jornada camino de Veliko Tarnovo, prefieren guardar la ropa y poner rumbo a Italia sin más sobresaltos. Suficientes caídas se han visto, suspiran, en apenas tres ratos de carrera, la más grave la del sábado, curva lanzada en descenso donde el pelotón se derrumba en efecto dominó hasta frenar en seco contra un quitamiedos.
El infortunio anula a Santiago Buitrago (Bahrain), con conmoción cerebral, y a Andrea Vendrame (Jayco), con fracturas en la espalda, si bien el peor parado es, una vez más, el equipo UAE, a quien, Tadej Pogacar aparte, parece haberle mirado un tuerto desde el plácido invierno: Marc Soler y Jay Vine dicen adiós a la corsa rosa desde el ambulancia. Horas más tarde, ya en la mañana de este domingo, corre la misma suerte la principal baza emiratí para la general, Adam Yates, a quien la organización no mandó parar el sábado pese a alcanzar la meta con visibles hemorragias bajo el casco y el maillot.

Camino a Sofía, claro, el pelotón busca la calma. Avanza tranquilo, charlando amistosamente sin pensar ni por asomo en presentar batalla, al menos hasta el desenlace, a los tres fugados del día, Manuele Tarozzi, Alessandro Tonelli y el madrileño Diego Pablo Sevilla, líder de la montaña del Giro con el Polti, tintado su maillot de intenso azul marino, tras más de 490 kilómetros de fuga por tierras búlgaras.
Tal es el sosiego en el grupo principal, que la aventura de los escapados, abocada al fracaso en un perfil con más de 70 kilómetros de largo e incesante descenso hasta Sofía, amenaza con fructificar y sorprender a los equipos de los velocistas, interesados en la volata final. A ello contribuye una de las motos televisivas, que filma a los tres ciclistas de cabeza a apenas unos metros de distancia, casi a modo de liebre, mientras el pelotón se desgañita por detrás tratando de cerrar el hueco en las amplias avenidas que dan acceso a la capital.
Naufraga, con todo, el trío de valientes a 300 metros de la llegada, cuando Johnny Milan, ciclamino del Giro en el 23 y el 24, maillot verde en el último Tour, se precipita, ansioso por ganar, y lanza el esprint antes de tiempo. Lo aprovecha el brillante Magnier, que, enrachado, supera al propio Milan y a Dylan Groenewegen para sumar su segundo triunfo y celebrar con sus compañeros antes de volar a Catanzaro, punta de la bota donde la ronda italiana brindará este lunes el primer día de descanso al pelotón.
“No estaba muy seguro de haber ganado; levanté los brazos y luego me entraron las dudas, pero al final se ha confirmado y estoy muy feliz”, sintetiza el joven Magnier en meta, 28 victorias para él en apenas dos cursos y medio en la élite. “Tengo que darme cuenta de que puedo estar con los mejores esprinters del mundo en este tipo de finales”, añade, pura inocencia. “Estoy aprendiendo a disfrutar”.
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