¿Por qué pita el Bernabéu? | Fútbol | Deportes


Hay algo que no cuadra en el relato del Real Madrid durante las últimas temporadas: si la Liga está podrida, si de Europa te eliminan los árbitros, no los rivales, y si el Mundial de Clubes lo torpedeó algún funcionario que no quiso adecuar el calendario doméstico a tus necesidades universales, ¿por qué la toma el Bernabéu con sus futbolistas y en ocasiones más puntuales incluso con su presidente? Es un misterio que se podría resolver preguntando al madridismo uno por uno, pero ni para esto parece tener ya una utilidad real el dichoso y magullado CIS de Tezanos.
Conviene recordar, antes de sacar conclusiones equivocadas, que en ese estadio se ha pitado a Zidane mientras se aplaudían las carreras al peso de Makelele. O que se discutió la titularidad de Fernando Redondo, pues una parte importante de la grada estaba convencida de que la manija de aquel Madrid debía entregarse a Luis Milla. En el Bernabéu se pita y se discute desde siempre porque si alguna fortaleza tiene el club de Chamartín que lo distingue de todos los demás es precisamente esa: ahí no se le regala el oído a nadie, se llame Raúl, Casillas, Sergio Ramos, Del Bosque o Plácido Domingo. Algún día, entiendo que no muy lejano y aprovechando la tecnología del videomarcador 360º, el Bernabeú acabará pitándose a sí mismo por entender que no ha estado a la altura de las exigencias marcadas por el club más laureado del fútbol mundial.
Acudir al comodín de Negreira está muy bien para los corrillos junto a la máquina de café o para algunas ruedas de prensa: cualquiera puede hacerse cargo de una buena conspiración en frío e incluso es capaz de respaldarla tirando de Excel, pues si algo abunda en la España de hoy en día son los argumentarios ad hoc y los conocimientos de ofimática. Pero en el estadio, con las revoluciones por las nubes y la vergüenza torera abriéndose paso en cada lance del juego, ya no cuenta tanto lo que te susurran en tu programa favorito que ocurre en los despachos como lo que ves, con tus propios ojos, sobre el terreno de juego. Ahí es cuando pierden todo su valor las cortinas de humo, las disculpas de mal pagador y hasta las ilusiones futuras. Porque si de algo se alimenta un aficionado en cualquier campo del mundo es de orgullo y todo parece indicar que el alma del Bernabéu, a estas alturas de la temporada, se nutre a duras penas de paninis, con el agravante de que tampoco salen baratos.
El foco principal de las iras del coliseo blanco se centra, estos días, en un Vinicius, al que se le acumulan los reproches. Son muchos los que no parecen querer perdonar su desplante televisado a Xabi Alonso, aquel “me voy, me voy” tan próximo y a la vez tan alejado del “me va, me va” que cantaba Julio Iglesias, uno de los más ilustres canteranos que haya producido La Fábrica. A otros, simplemente, no les gusta su comportamiento vital, sus excesos escénicos. Y también existe una parte que ya no intuye en el brasileño al ídolo famélico que se echaba al equipo a las espaldas cuando el invierno olía a azufre para volverse laurel en primavera. Quizás ahí esté la clave: el Bernabéu no pita por capricho, ni siquiera por vicio, sino por supervivencia. Porque cuando todo se vuelve difuso, alguien tiene que encender las luces del cuarto. Y ese alguien, para bien o para mal, sigue siendo la grada.
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