Masters de Madrid 2026: Este Rafa (Jódar) también sabe remontar | Tenis | Deportes


El joven Rafael Jódar, 19 años, sufre de lo lindo y reclama al fisio para que le masajee las pantorrillas en la recta final del partido contra Jesper de Jong. Son ya 35 partidos en esas piernas este año, el primero entre la élite, y el cuerpo debe acostumbrarse todavía a la tralla continuada. Empieza mal el español, otra bocanada de aire fresco, pero reacciona y la grada se lo guarda en la memoria: ahí abajo hay un buen tenista. Son ya 27 victorias en esta temporada de los descubrimientos, la primera en el barrio de San Fermín, y el chico lo celebra: “Hey, Jude! ¡Vamos!”. Aplaude el madridista Bellingham y él apunta ya al viernes: el 2-6, 7-5 y 6-6 (en 2h 31m) le guía hacia el pulso con el octavo del mundo, Alex de Miñaur.
De un escenario a otro, de Barcelona a Madrid, dos realidades radicalmente diferentes; dos escenarios muy distintos, dos atmósferas que poco tienen que ver y dos Jódars. De aquel libre y que gozaba sobre la arena del Godó hace solo unos días, a este otro que hoy sufre en las profundidades de la Caja Mágica, marco siempre complejo y aún más para los españoles, para los jóvenes y todavía más para los debutantes. Nunca fue sencillo adaptarse ni cogerle el pulso a un torneo que se le atragantó, por ejemplo, a la ahora directora Garbiñe Muguruza; también a otro madrileño, Martín Landaluce, quien hace tres años —tenía 17— sucumbió a Richard Gasquet y todo lo que implica un debut.
Jugar en casa, arma de doble filo para el tenista. Lo comprueba ahora Jódar, el mismo que recientemente triunfó en Marrakech y asombró en el Godó, con una serie de ocho victorias consecutivas, y que ahora siente los temblorcillos. Desde el principio, cuesta arriba. Lejos de las buenas sensaciones de la semana pasada, muchas dificultades con el servicio —solo un 44% de saques dentro en la primera manga— y desorden en el peloteo; a remolque de un De Jong incisivo que olfatea esos nervios crecientes y que ataca con fiereza los segundos del español. “¡Respira!”, intenta animarle un aficionado tras cuatro quiebres. Pero, incómodo todo el rato, él no termina de coger el buen rumbo.
La foto llama la atención. A un costado, en el box, su padre trata de sugerirle pistas rodeado de asientos vacíos y chapas metálicas, con la discreción habitual. En contraste con otros jugadores, Jódar se encomienda exclusivamente a las directrices de su progenitor, al que tampoco le agrada lo que ve. Ese golpe de derecha y de revés, tan pulcro hace nada, se estrella con frecuencia contra la red (12 errores de entrada) y el envío profundo vuela excesivamente largo. Madrid, algo diferente. Más difícil de lo normal controlar la bola. Un newton extra significa el fallo. Lo recordaba el día anterior un tal Jannik Sinner, que al parecer algo sabe: “Este torneo es uno de los más exigentes”.
La impresión del número uno coincide con la de la totalidad del circuito, consciente todo el mundo de la complejidad y lo tramposo de la altura y el marco. Lo sabe también el novel Jódar, que además de tenis tiene agallas. Visto lo visto, no se le da tampoco mal lo de remontar. El madrileño calibra de nuevo y poco a poco, a tirones y sin que De Jong le permita disfrutar, va corrigiéndose y ganando espacio. Al quinto intento cierra el segundo set y equilibra el duelo, y a pesar del retroceso en el definitivo —del 3-1 favorable al 3-3—, se impone otra vez. Aprieta los dientes, marca de la casa, y saluda a esa grada que ahora disfruta de otro refrescante talento. Madrid abraza a su Jódar.
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