Chile, ante una elección inédita pero no tan impredecible


Cerca de 16 millones de chilenos protagonizarán la primera elección presidencial con inscripción automática y voto obligatorio de su historia. Los hitos de este domingo serán muchos, y algunos podrán insinuar que sorpresivos. Sin embargo, los últimos siete años explican a la perfección qué ocurrió en Chile para llegar a esta jornada con una izquierda ad portas de sufrir una inédita derrota en ambas cámaras del congreso y a la derecha dura probarse la banda presidencial por primera vez en toda la modernidad.
Chile, en 2019, salió a la calle a exigir demandas sociales propias del desarrollo. Durante los treinta años anteriores, el país había logrado acceder al grupo de los países de ingreso alto, redujo la pobreza a mínimos continentales y desarrolló la infraestructura y conectividad a estándar europeo. Sin embargo, los servicios sociales del gobierno, como educación o salud, mostraron un retraso o generaron descontento propio de una sociedad que desea llegar a un siguiente nivel de aspiraciones. Esa pulsión la administró la izquierda.
La estrepitosa derrota del ensayo constitucional progresista otorgó la primera alerta: el descontento no era sinónimo de adhesión a un dogma o una ideología, sino una aspiración de bienestar sin apellido. Fue un ejercicio de sobreinterpetación.
Esa derrota también demostró otra cosa: existían cerca de seis millones de chilenos que no venían votando y que resultaron ser mucho más pragmáticos que dogmáticos. Son seres apolíticos en el sentido partidista, pero rugieron fuerte cuando fueron obligados a votar. Para evitar el desacople entre la realidad y lo que pensaban los políticos, el voto pasó a ser obligatorio.
Pero en el gobierno ya estaba instalado un líder elegido por un electorado más ideologizado. Su programa, eco de las aspiraciones sociales de 2019, dejó de hacer sentido. La pandemia le impuso a Chile desafíos como la inmigración descontrolada y el avance del crimen transnacional. Al poco andar, la ciudadanía se olvidó de la salud o la educación e involucionó a pedir lo más básico: seguridad e integridad. Un cambio en la jerarquía de necesidades, como lo advirtiese Abraham Maslow.
La poca reacción del gobierno a estos temas, usualmente incómodos para el progresismo, generó una sensación de hastío generalizado en una importante parte del electorado. Hoy, la intención de voto de los candidatos opositores a Gabriel Boric llega incluso al 65% de los votos sumados.
Chile, que ha hecho gala de definirse como un país “gris” y sin grandes sobresaltos, reaccionó con pavor a la aparición de sicariatos, desmembramientos, secuestros y redes de trata de personas en prácticamente todas sus regiones. Los números están lejos de ser los de Ecuador, Colombia o México, muy lejos. Pero el temor de la población sitúa al país en el top 3 de todo el planeta.
Así, se llega a este día. Con un electorado más pragmático y desideologizado. Con un país atemorizado que parece buscar mano dura, orden, que la economía se reactive y el desempleo femenino salga de los máximos que marca hoy respecto a las últimas décadas. Con una sociedad que, a ratos, habla del día anterior al estallido social con cierta melancolía.
Como la ley de Newton: acción y reacción. Volver a lo de antes, e incluso avanzar hacia lo inédito: la derecha podría tener mayorías para cambios constitucionales en ambas cámaras y sus sectores más duros probarse en un balotaje la banda presidencial, con el presidente más votado de la historia. Y no, no sería sorpresa.
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