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El hombre que pasó tres años en la cárcel tras negarse a tapar los abusos de Qatar 2022: “La FIFA quiere enterrar mi caso” | Fútbol | Deportes

Faltan pocos segundos para que concluya la final del Mundial y el estadio de Lusail contiene la respiración. Con 3-3 y el tiempo extra cumplido, Dibu Martínez, portero de Argentina, frena in extremis el disparo de Kolo Muani y el partido se marcha a los penaltis. Allí, la albiceleste se sobrepone al drama, derrota a Francia y borda en el pecho su tercera estrella dorada. Engalanado ante los flashes con un inmenso bisht negro, prenda tradicional árabe, Leo Messi alza al cielo la Copa del Mundo junto al emir de Qatar y al presidente de la FIFA, Gianni Infantino. “Fue, sin duda, mi momento más duro en la cárcel”, recuerda cuatro años después Abdullah Ibhais (Amán, Jordania; 40 años), quien fuera director de comunicación del comité organizador del torneo, en una entrevista con EL PAÍS. “Cuando Messi levantó esa copa, entendí que Qatar había ganado. Querían una edición redonda y la tenían, lo habían conseguido. Mi historia, en cambio, estaba enterrada. Y lo que es peor, a nadie le importaba”.

En el verano de 2019, tres años antes de que el mundo mirara a Qatar, cientos de los trabajadores que levantaban de sol a sol los majestuosos estadios del Mundial de fútbol se rebelaron en Al Shahaniya, a las afueras de Doha. Denunciaban impagos y condiciones laborales infrahumanas. La huelga llegó pronto a la prensa internacional y desató los nervios del comité organizador, que ordenó a Ibhais desmentir las proclamas de los obreros. “Querían hacer ver que todo era falso, que ni siquiera eran trabajadores del comité organizador y que todo se trataba de un intento de otros países por manchar la imagen de Qatar”, explica. “Yo no quise hacer nada sin verificar antes los hechos con mis propios ojos. Ese día estaba librando, así que cogí el coche y me fui al lugar de la huelga”.

Lo que se encontró fue, en esencia, lo que ya circulaba por las redes sociales de todo el mundo. “No solo había problemas de impagos; allí vi cientos de botellas de plástico vacías, esperando a ser rellenadas con agua potable. No tenían nada”, recuerda. “Grabé mi charla con varios y me demostraron que, efectivamente, eran trabajadores del comité organizador. Y no solo estaban siendo silenciados. También habían recibido amenazas por convocar la huelga, algo que en Qatar no está reconocido como derecho”.

“No había forma, llegados a ese punto, de que yo emitiera ese comunicado. Querían que hiciera desaparecer algo real. Algo que había visto con mis propios ojos. Querían, en resumen, mentir. Y me parecía intolerable”, señala. “Cuando me negué a hacerlo, les dije a mis superiores que antes tendríamos que arreglar la situación de los trabajadores. Y claro, no les gustó nada. Me insistieron de mil maneras posibles. Una y otra vez. Hasta que decidí dimitir. No quería formar parte de algo así. Y me marché. Mi jefe me dijo que habría consecuencias y que tendría que estar preparado. Ahí entendí que en el momento en el que dejas de seguir sus órdenes, te conviertes en una amenaza”.

Messi Mundial Qatar 2022

Dos meses después, y siempre según la versión de Ibhais, la advertencia tomó forma. “Había aceptado quedarme unas semanas más para, a petición suya, ser juez de una licitación con creadores de contenido. Aquel proceso se alargó unas semanas, pero terminó sin ganador por falta de méritos de los candidatos. Solo entonces fui a recursos humanos para tramitar mi baja. Allí me encontré a varios agentes de seguridad del Estado. Me detuvieron y me llevaron a un centro penitenciario. Pregunté por qué estaba allí y pedí un abogado. Aún recuerdo la respuesta de uno de los oficiales: ‘¿Te crees que estás en una película americana? Si un abogado pisa esta sala le partiremos las piernas”, revela. “Me dijeron que lo sabían todo sobre mí y que tendría que confesar. Cuando les dije que no tenía nada que confesar, trajeron una confesión ya impresa. Me advirtieron de que tenía que firmarla, y que si me negaba, tenían otras formas de convencerme. Fue entonces cuando un oficial me dijo: ‘Si no das tu brazo a torcer, te enfrentarás a cadena perpetua o ejecución”.

Y terminó cediendo.

Con la rúbrica, Ibhais reconocía haber participado en sobornos para atentar contra la seguridad nacional de Qatar, así como haber cometido fraude en la licitación de los creadores de contenido, algo a lo que, en respuesta a este periódico, la FIFA todavía da total veracidad. Días después fue liberado gracias a un juez sudanés —no catarí, como él mismo remarca— que consideró que el caso había sido fabricado. Sin juicio celebrado, quedó en libertad bajo fianza y sin poder salir del país hasta enero de 2021, cuando recibió su sentencia por correo electrónico: “Me habían condenado a cinco años de cárcel”.

“Por supuesto, apelamos de inmediato”, apunta, aún incrédulo al reordenar los hechos. “Llamé a la FIFA para pedir apoyo en la causa, pero se limitaron a emitir un breve comunicado en el que expresaban que ‘cualquier persona merece un juicio justo’. Nada más. Desde ese momento me ignoraron por completo. Querían enterrar mi caso. Contacté entonces con diferentes ONG y medios de comunicación. Tuve la suerte de hacer dos entrevistas, pero cuando iba a grabar la tercera con la televisión pública noruega [NRK], detuvieron a los periodistas y me detuvieron a mí. Fue mi segunda detención. Y esta vez la cosa duró más de tres años”.

Con su juicio aún en proceso de apelación, Abdullah Ibhais entró a la prisión nacional de Al Rayyan (Qatar) la mañana del 15 de noviembre de 2021. “Lo recuerdo todo al detalle, como si hubiera sucedido hoy”, indica. “Me llevaron a una sala pequeña. Había más de 30 personas esperando a ser clasificadas, durmiendo unas encima de otras. Empecé una huelga de hambre, y un alto cargo del centro me dijo que no le importaba si moría allí dentro, que no tenía órdenes de mantenerme con vida. Su único objetivo era silenciarme. Estaba hablando demasiado y quería ponerle fin”.

Un año después, el jordano vivió entre esas cuatro paredes la final del Mundial para el que tanto había trabajado. No fue liberado hasta marzo de 2025, tres años y cuatro meses después de su segunda detención. “Para mí, la FIFA ha sido cómplice de todo”, asegura. “Por omisión, por silencio y, sobre todo, por proteger la narrativa de Qatar. Al final, solo les importaba el beneficio económico. Nada más. Yo mismo me creí que llevaban el Mundial allí para abrir las puertas del fútbol al mundo árabe y musulmán. Pero era mentira. Cuando vieron que Oriente Próximo tenía el dinero, quisieron su parte del pastel. Y volverán en 2034 [cuando el Mundial se celebre en Arabia Saudí]”.

Ahora, un año después de salir de prisión, y ya en Jordania junto a su familia, Ibhais lucha para que Qatar y la FIFA rindan cuentas. “A Infantino no creo que deba decirle nada. Es la propia gobernanza la que está podrida. Nadie va a llegar a ese puesto, va a ver los millones que genera el producto y decir: ‘No, espera, vamos a hacer lo mismo pero de una forma ética; vamos a detener toda esta cadena de producción para respetar los derechos humanos”, añade. “Si han legitimado una condena simulada como la mía, basada en confesiones forzadas, me temo que siempre van a respaldar las violaciones de derechos humanos que dicen aborrecer”.

“Lo que pasó en Qatar volverá a ocurrir, nos guste o no”, lamenta. “De hecho, está ocurriendo ya. En la final del último Mundial de Clubes celebrado en EE UU, el ICE de Trump sacó a un hombre del estadio MetLife de Nueva Jersey [sede de la final del próximo Mundial] y lo deportó del país. ¿Quién permite esto? Pensémoslo. ¿Quién permite que los estadios se conviertan en trampas para inmigrantes?”.

“Trabajo día y noche para que la FIFA responda por lo sucedido. Se lo debo a mi familia y a los trabajadores de Qatar”, advierte Ibhais, quien a comienzos de marzo envió junto a sus abogados estadounidenses una carta formal al órgano que rige el fútbol mundial para obtener respuestas antes del día 27. “Optaron por el silencio, una vez más”, sentencia el jordano, que considera ahora poner un recurso en Suiza. “Sé que solo soy un granito de arena en el desierto, pero hasta que no haya hecho todo lo que esté en mi mano para que los responsables rindan cuentas, no voy a parar. No me lo perdonaría jamás”.


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