Así es, Sinner va con todo: destrona a Alcaraz en Montecarlo y le arrebata el número uno | Tenis | Deportes

Se invierte la gestualidad, cosa extraña. Reflejo, seguramente, de este presente en el que a Carlos Alcaraz no se le termina de ver del todo cómodo, tan risueño como siempre, pensando tal vez demasiado y fluyendo menos de lo que suele. Insatisfecho. Al otro lado, al pétreo Jannik Sinner se le dibuja una gran sonrisa porque motivos no le faltan. Cójase aire: se trata de su primer trofeo en Montecarlo, el tercero de la temporada y tercero también seguido, su cuarto Masters 1000 sucesivo, el 27º título de su carrera —desempatando así con el español— y que viene acompañado además de un sabroso punto de giro. De nuevo es el número uno y con la victoria (7-6(5) y 6-3, tras 2h 14m) lanza además un señor órdago. Esta gira será de igual a igual.
“Vine aquí con la intención de jugar lo máximo posible, así que esto significa mucho para mí”, dice el campeón, dueño de un episodio en el que Alcaraz ha llegado a ir en las dos mangas por delante, pero en el que la sensación que desprendía era muy diferente: él a remolque, más a la expectativa; Sinner llevando la iniciativa. Ajustado todo, pero sin esos brotes de genialidad ni esa alegría característica que tal vez pudieran invertir la dinámica, el transalpino se corona —octavo mil para él, cifra idéntica los dos— y este lunes amanecerá de nuevo en lo más alto. Renta mínima, 160 puntillos que el español podría compensar los próximos días en Barcelona. Sin embargo, la lectura va más allá del momento. Sinner, cementícola por naturaleza, ha completado de manera definitiva su mutación y va con todo.
Este competidor renovado no admite el más mínimo rastro de duda, de contemporización, de especulación; ya sea con el saque o durante el intercambio. Aprieta constantemente, incluso más que antes, con un punto mayor de agresividad y variables tácticas y técnicas que hacen de él un tenista más imprevisible. Llamativa esa alternancia al resto, a veces desde el muro y otras montado sobre la línea, y de ahí esa cara de póquer y el gesto muy serio de Alcaraz, que venía con la lección aprendida pero comprueba de inmediato el efecto de esos meses de laboratorio del italiano. En medio del vértigo de esos pelotazos, difícil detectar hacia dónde irá el golpe, aunque, en todo caso, siempre mordiente.

Contrapone él esas dejadas, tres deliciosas en el primer acto para destensar e intentar que el italiano pierda una pizca de ritmo, ese ardor que transmite su mirada y esa forma de remachar en la red las bolas muertas. Efectivamente, ahí hay un deseo. Con saña: círculo en rojo sobre París. Hacia allí se dirigen los esfuerzos y esta gira que comienza con la mejor pirotecnia; lo que no brindó el cemento, sí lo hace la tierra. Había ganas. Primer clásico del año y el lenguaje habitual, el de dos competidores febriles que se buscan y friccionan todo el rato, con respeto pero sin miedos. Trascendentales esos dos primeros golpes de cada punto y controlar ese factor siempre malévolo del viento.
¿Fatiga?
Sinner carga y carga, al abordaje, mientras por esas dos mentes van entrelazándose posibles soluciones y escapatorias, la catarata de ecuaciones imposibles que envolvían al atormentado Rusell Crowe en Una mente maravillosa. Cifras, porcentajes, infinitos, interrogantes; parábolas, ángulos, curvas, rotación. Más y más aritmética, infinidad de operaciones en apenas unos segundos. Hay mucha tensión. En términos mentales, el transalpino parece —siempre con asterisco, por los entresijos y los volantazos que esconde esta magnífica rivalidad— haber llegado a este tramo con un punto más de frescura que el español, que el día previo hablaba de una semana “complicada” en la que su tenis no ha llegado a carburar exactamente como él quería. Quizá en esa cabeza haya cierta fatiga, o simple disconformidad.
Tenísticamente, su revés no se ha expresado como acostumbra y, en cambio, el cruzado de Sinner le hace daño. El pelirrojo ha recuperado al instante la rotura inicial (del 2-0 al 2-2) y a partir de ahí todo se debate entre finos equilibrios, muy parejo, los dos bien protegidos por su servicio pese a que al murciano tampoco acabe de convencerle. No lo termina de sentir, de sacarle el jugo que pretende. No termina de estar a gusto. Y lo verbaliza. “Esa es la gran diferencia, él mete todo primeros y yo ninguno…”, dirá en pleno desempate. Los promedios no transmiten lo mismo, muy similares hasta ahí, pero a la hora de la verdad, cuando el rival había fallado una derecha muy franca a dos metros de la red y él había logrado limar la desventaja —del 2-5 abajo al 5-6—, sufre un resbalón: doble falta (serán cinco en total). Set.

A continuación, se le escapan dos de bolas de rotura nada más abrirse el segundo parcial y suelta un rugido rasgado y un par de exabruptos liberatorios. Lo necesitaba. Demonios fuera. “¡Eso es, venga! ¡Desahógate y otra vez…!”, le invita Samuel López, técnico y, por tanto, un poco psicólogo; primer curso como titular, 56 años y, de vez en cuando, directrices de Generación Z para llegar a su jugador. Ellos se entienden: “Crazy, crazy!”. Así es, de locos siempre estos partidos. A veces parecen ir por un lado, pero salen por otro. A veces, quitarle un poquito de velocidad al golpe ayuda mucho y reordena, le hace pensar un poquito más al otro. “¡Ráscala un poco, sin fuerza!”. Enfrente va formándose la ola.
Y en esas corre, corre y corre tras la pelota con esos dos rayos que tiene por piernas y aguanta bien la decisión cuando la bola se queda suspendida en el aire, en forma de caramelo: ¡Tac! Por el pasillo paralelo. Lo que pedía el punto. Break. 2-1 arriba otra vez, pero de nuevo premio pasajero. Tal vez no sea el día. El italiano transmite mayor convencimiento. Sinner empuña el mazo, revolotea y empuja sin cesar, finísimo de piernas y con más precisión en las direcciones, arriesgándose y aceptando los costes. Es decir, creer o nada. Quizá necesite Alcaraz desatarse del todo, romper ese corsé de seriedad, revolucionar el duelo de alguna forma o con alguna señal. Así cambió todo en Roland Garros, pero esta vez la rebeldía es tibia. No le alcanza.
Esta vez, al otro lado había una apisonadora.
TRES DE TRES, COMO DJOKOVIC EN 2015
A. C.
Este lunes, la actualización del ranking deshará el empate entre Alcaraz y Sinner en lo más alto. El italiano suma una semana más en la cima (67) y gracias a esta victoria estrechó una rivalidad que todavía domina el español, 10-7 a su favor y también 3-2 sobre tierra batida.
De los 26 trofeos que acumula Sinner, tan solo dos los ha firmado sobre arcilla. El primero fue en el contexto secundario de Umag (Croacia), un ATP 250; entonces (2022) batió a Alcaraz y ahora repite para alzar el primer cetro de prestigio en un terreno que ya disfruta, cada vez más natural para él.
A pesar de que Alcaraz se hizo con el Open de Australia, para completar así el círculo del Grand Slam, su reacción ha sido furibunda: tres miles de golpe, el cuarto seguido si se contempla el que logró en octubre en París, bajo techo. En marzo conquistó Indian Wells y Miami, y ahora brilla en el Principado.
Con estos tres éxitos de 2026 calca el rendimiento de Novak Djokovic en 2015, cuando el serbio también empezó muy fuerte. Él era, hasta ahora, él único en conseguir algo así. Del mismo modo, únicamente Nole y Rafael Nadal habían enlazado cuatro Masters 1000.
El español, retirado desde hace dos años, encadenó en 2013 Madrid, Roma, Montreal y Cincinnati. El balcánico, de 38 años y hoy cuarto del mundo, repitió la secuencia hasta tres veces: 2013-2014 (Shanghái, París, Indian Wells y Miami), 2014-2015 (París, Indian Wells, Miami y Montecarlo) y 2015-2016 (Shanghái, París, Indian Wells y Miami).
Carlos Alcaraz
vs
Jannik Sinner
Sets:
Source link



