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una mirada sobre la democracia en Estados Unidos

Esta semana se cumplen cincuenta años del estreno de Todos los hombres del presidente, una de las mejores obras de la filmografía política norteamericana, dirigida por Alan J. Pakula, con papeles estelares para Robert Redford y Dustin Hoffman. Un trepidante thriller sobre la investigación periodística del caso Watergate, escándalo que condujo al presidente Richard Nixon a la dimisión el 8 de agosto de 1974.

Nixon no quiso someterse a un juicio político que habría concluido con su destitución y presentó la renuncia al cargo. Antes de dimitir pronunció unas palabras que hoy vuelven a resonar en Washington: “La culpa es de los profesores y de los periodistas”. Un joven empresario inmobiliario de Nueva York llamado Donald Trump, treinta años recién cumplidos, era entonces un ferviente admirador de Nixon. “La culpa es de los profesores y de los periodistas”.

Todos los hombres del presidente fue un éxito de taquilla, ganó cuatros premios Óscar en 1977, uno de ellos al mejor guion, y tuvo un formidable impacto en Estados Unidos, en Europa y en todos los países del resto del mundo en los cuales pudo visionarse. Una película de época. Una película de intriga con un final ya sabido.

Es el retrato de un momento crítico de Estados Unidos y a la vez es una elegía de Estados Unidos. Después de perder la guerra del Vietnam, después de haber roto la paridad del dólar con el oro para financiar los costes de la estabilidad social, después de la crisis del petróleo de 1973, que multiplicó por cuatro el precio de los carburantes, el presidente Nixon dimitió acosado por un escándalo que la prensa libre había contribuido a destapar.

El film "Todos los hombres del presidente" marcó una época.

Momento de objetiva debilidad. Momento de gran fortaleza, también: la reputación de la democracia liberal alcanza uno de sus hitos más elevados. Un país que acaba de perder una guerra ante un abnegado ejército de campesinos asiáticos, un país que ha tenido que abandonar el patrón oro para poder emitir más moneda, un país que acaba de sufrir el primer shock en la industria desde el final de la Segunda Guerra Mundial, empuja a su presidente a la dimisión porque ha mentido.

Estados Unidos se halla en un momento de objetiva debilidad, pero al mismo tiempo su sistema democrático muestra una gran fortaleza. El control de los poderes funciona. La prensa libre puede fiscalizar al gobierno. La democracia brilla. Es deseable.

The Washington Post, protagonista

The Washington Post es el héroe de la película. Un diario liberal, entonces de propiedad familiar, conducido por una gran editora, Katharine Graham, firme, insobornable, con fuerte vocación periodística. Confía en la redacción y en su director, Ben Bradlee, que a su vez protege a los periodistas Bob Woodward (Redford) y Carl Bernstein (Hoffman). Guiados por una Garganta Profunda (un alto cargo del FBI) que les va dando pistas, los dos periodistas consiguen comprobar que la acción de espionaje en la sede del comité nacional del Partido Demócrata en el edificio Watergate de Washington, descubierta por la policía, está relacionada con las más altas instancias.

Nixon ha mentido. Nixon cae y triunfa la buena reputación de la democracia liberal. Cincuenta años después, el diario es propiedad de Jeff Bezos, dueño de Amazon, uno de los nuevos oligarcas norteamericanos.

¿Quién no quería vivir en un país democrático en 1976? La Unión Soviética estaba gobernada por una gerontocracia que ocho años atrás había enviado los tanques a Praga para sofocar un intento de apertura del socialismo checo. La República Popular China acababa de salir de las turbulencias de la Revolución Cultural, guerra civil encubierta en un país todavía subdesarrollado. En China asomaba entonces la figura de Deng Xiaoping, futuro líder reformista.

Latinoamérica estaba mayoritariamente gobernada por regímenes dictatoriales patrocinados por Estados Unidos, legado defensivo de Henry Kissinger. Por el contrario, el escaparate democrático europeo se mantenía en pie para competir con la URSS en un terreno decisivo: la reputación moral del sistema político.

Fortalecer la democracia en Europa

La Estrategia de Seguridad Nacional de Estados Unidos defendía entonces el fortalecimiento del sistema democrático en Europa y no apelaba a la destrucción de la Comunidad Económica Europea. En ese marco tuvo lugar la transición española, flanqueada por los cambios democráticos en Portugal y Grecia.

La revolución portuguesa de 1974 inquietó mucho a Kissinger, secretario de Estado de Nixon, que estuvo sopesando la posibilidad de propiciar una guerra civil entre el sector más moderado del Ejército, fuerte en los cuarteles del norte del país, y las unidades más revolucionarias, más influidas por la izquierda, que controlaban Lisboa.

El embajador norteamericano en Lisboa, Frank Carlucci, hombre de la CIA, le dijo a Kissinger que intentar repetir Chile en Portugal podía ser un grave error. Una guerra civil en Europa no era aconsejable. Carlucci no era un blando. Había intervenido en la liquidación de Patrice Lumumba en el Congo; venía del Brasil, donde había ayudado a consolidar la dictadura militar. Propuso modular gradualmente la situación interna portuguesa apoyando al Partido Socialista de Mario Soares, ganador de las primeras elecciones democráticas, las legislativas de 1975, y sugería hacerlo con el concurso de los socialdemócratas europeos. La tesis del embajador se impuso. Había que respetar el escaparate democrático europeo. Los socialdemócratas alemanes y suecos, sobre todo los alemanes, pasaron a ocuparse del sur de Europa. Felipe González lo sabe bien.

Los periodistas Bob Woodward (izq.) y Carl Bernstein (der.), en un evento por el 50° aniversario del caso Watergate, en la redacción de The Washington Post, en junio de 2022. Foto: AFP

¿Quién no quería ser demócrata en 1976? Juan Carlos I sabía que solo una transición democrática pacífica y sellada por Europa podía legitimar la restauración de la monarquía en España. El falangista Adolfo Suárez, ministro-secretario general del Movimiento, soñaba con ser el gestor del cambio democrático en España. Y lo fue. Y fue más lejos de lo que le había señalado su mentor, Torcuato Fernández Miranda.

El dirigente comunista Santiago Carrillo se había adherido a la línea eurocomunista italiana, consistente en una aproximación a la política socialdemócrata sin renunciar a las raíces históricas de 1917. En la España de 1976 no se podía liderar la oposición democrática y a la vez defender la dictadura del proletariado. El joven Felipe González, con las espaldas bien cubiertas, estaba absolutamente convencido de que el PSOE recién salido de la hibernación sería uno de los grandes protagonistas de la transición y pidió a Suárez que legalizara al PCE para evitar que este se presentara sin sus siglas en las primeras elecciones democráticas, con candidatos más jóvenes envueltos con el aura de la persecución política.

¿Quién no quería ser demócrata en 1976 después de ver Todos los hombres del presidente? Esa película fue uno de los grandes éxitos del soft power norteamericano, el poder blando, teorizado unos años después por Joseph Nye, profesor de la universidad de Harvard.

“El poder no es solo mandar, sino moldear las preferencias de los otros para que quieran lo mismo que tú”, sostenía Nye. No hay poder blando sin capacidad de persuasión. Y en la Europa de 1976, la capacidad de persuasión de Estados Unidos pasaba por la defensa de la democracia. En el interior de ese marco histórico tuvo lugar la transición española.

Con Nixon en la Casa Blanca, la transición habría sido distinta: más lenta, más dura, más violenta seguramente. La Constitución de 1978 se pactó con el demócrata Jimmy Carter en la presidencia de los Estados Unidos. En 1976, el cantante Bob Dylan, amigo de Carter, ponía en marcha la gira Rolling Thunder Revue por ciudades y pueblos del suroeste del país, cantando a favor de los derechos civiles. Después de la caída de Nixon, deseos de renovación.

Richard Nixon y su secretario de Estado, Henry Kissinger, en una imagen de septiembre de 1973 en Washington. Foto: AFP

En 1979 estalla la revolución islámica en Irán, Oriente Medio se tensa y la religión regresa a escena como fuerza política de choque. En 1979, el papa polaco Karol Wojtyla, Juan Pablo II, reorienta a la Iglesia católica, la aleja del ‘compromiso histórico’ con los marxistas europeos, condena la teología de la liberación latinoamericana, y se dispone a romper el muro soviético golpeándolo desde Polonia con el apoyo de Estados Unidos.

En el Reino Unido, la líder de la oposición conservadora, Margaret Thatcher, recibe el apelativo de la Dama de Hierro, y acusa a los laboristas de haber convertido a la orgullosa Inglaterra en la “tierra de mendigar y pedir prestado”. Carter se estrella en Irán. No consigue resolver la ocupación de la embajada de Estados Unidos en Teherán con una operación de comandos especiales y su presidencia se viene abajo.

Las elecciones presidenciales de 1980 las gana el actor republicano Ronald Reagan. Reagan, Thatcher y Juan Pablo II cambian la orientación de Occidente, mientras el precio de la energía pasa a ser un componente fundamental de los costes de producción. La Unión Soviética perderá la Guerra Fría, los ayatollahs shiitas se fortificarán en Irán y los príncipes sauditas financiarán la extensión del fundamentalismo sunita. Petróleo, neoliberalismo y religión.

Un mundo distinto

Cincuenta años después del estreno de Todos los hombres del presidente, vivimos en otro mundo, en un Nuevo Mundo cuyos parámetros no logramos comprender del todo. Medio siglo después, el presidente Donald Trump, gran admirador de Nixon, ha tirado el soft power por la ventana, quiere desbaratar la Unión Europea, tiene a periodistas y profesores en el punto de mira, y está a punto de estrellarse en Irán.

No está loco. Intenta abrir una nueva era como hizo Reagan, pero esta vez no cuenta con el apoyo del Papa de Roma ni con la sumisión de los británicos. Intenta abrir una nueva era sin una narrativa estable. Impulsos, consignas e imágenes en las pantallas de los teléfonos móviles. Política y artillería guiadas por la IA. Se ha metido en el avispero de Irán empujado por el gobierno israelí, que le prometió una rápida victoria si lograban liquidar al líder supremo Alí Khamenei una acción relámpago dirigida por el Mossad. Después de un golpe fulminante, el régimen caería. Y podría iniciarse un proceso similar al de Venezuela.

No ha sido así y Trump se halla hoy ante una trampa de muy difícil salida. Si profundiza la guerra, se expone a un drama nacional: soldados muertos, inflación y quiebra de su base electoral, a la que prometió que Estados Unidos no haría más guerras, que los europeos pagarían más, más y más, y que lo ahorrado revertiría en beneficio de la América blanca y auténtica, previa expulsión de millares de inmigrantes. Si ahora se queda quieto, los iraníes pueden intentar convertir en permanente el peaje que han empezado a cobrar en el estrecho de Ormuz, mientras Israel ocupa el sur del Líbano. “Trump es el perdedor de la guerra”, ha sentenciado la revista liberal The Economist.

El pasado martes, el antiguo admirador de Nixon amenazaba con destruir la milenaria civilización persa y todo el mundo pensó en la bomba atómica. Durante la madrugada del miércoles (hora local española) se anunciaba un alto el fuego y por la tarde, el hombre del Apocalipsis sugería la posibilidad de repartirse con Irán el peaje de Ormuz, la mitad para vosotros y la mitad para nosotros. ¿Está loco?

No. Trump miente a diario, rompe a conciencia la narrativa política convencional, todo son impulsos y provocaciones, pero intenta evitar que sus votantes crean que les ha mentido en lo fundamental: más guerras, más gasto, más inflación. Trump no habla para los europeos. Habla para los suyos e intenta tranquilizarlos a diario. Incluso ha sido capaz de sugerirles que Estados Unidos podría ganar dinero con el peaje de Ormuz. Miente sin parar, pero tiene miedo a que la Gran Mentira le esquile el mandato el próximo mes de noviembre.

Han pasado cincuenta años. Vean Todos los hombres del presidente, y recuerden: la culpa es de los profesores y de los periodistas.


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