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Tercera victoria de etapa para Paul Seixas en la Itzulia | Ciclismo | Deportes


Los viejos ven a Paul Seixas subir por los picachos de Éibar sin descomponer la figura, perfectamente sentado, acoplado a la máquina, y su espalda arqueada, sin mirar atrás, y piensan en Jacques Anquetil, el Mozart de la bicicleta que los 19 años, maillot de seda como su pedalada, ya ganó el Gran Premio de las Naciones, y aprecian también la tenacidad, la perseverancia en el esfuerzo y recuerdan que aunque es francés de Lyon corre por sus venas sangre portuguesa de bisabuelos hambrientos emigrados a la Europa rica de la posguerra, y piensan entonces en Joaquim Agostinho, soldado en la guerra colonial africana y amigo de Anquetil y de Ocaña en el Bic, duro como una piedra, y toda la sangre, las raíces, la clase, y una cierta despreocupación ligera y ambición clara, se conjugan en su cuerpo esbelto, 1,86 metros, un tallo que esprinta seguro por las calles de Éibar, convencido de que va a ganar a su compañero de fuga, y gana. Y el compañero de fuga, Florian Lipowitz, el alemán de 25 años que ya quedó tercero en el Tour, se acerca a él, ya cruzada la meta, y le felicita.

Tan grandes comparaciones despierta, tantas memorias despierta. Acaba de llegar y ya tiene a su alrededor una corte que le adula y le respeta. Que se somete y acepta. Y sus gregarios, veteranos resabiados, se ponen firmes a su paso. Y obedecen.

Así marcha la Itzulia. La carrera que Tadej Pogacar ha sido incapaz de ganar y cuyo recuerdo amarga los insomnios de Jonas Vingegaard es un paseo para Seixas, que en Éibar, final de la quinta etapa, ganó por tercera vez, y lidera en la general con 2m 30s de ventaja sobre Lipowitz y 3m 40s sobre Primoz Roglic. Otros favoritos del lunes han desaparecido, derribados, como Mikel Landa, caídos, como Isaac del Toro, o enfermos, como Juan Ayuso. No parece que la última etapa, 130 kilómetros con final en Bergara tras otro repaso a las colinas guipuzcoanas pueda desestabilizar al francés del Beaujolais, tan sólido como su equipo, y alma de poeta de la soledad, que, educado siempre, para dar las gracias a veces responde obrigado en vez de merci, recuerda que seixa significa piedra, y no le gusta que los periodistas le digan Paulo, como le llama su abuelo en casa, sino Paul, y a los 19 años y seis meses se convertirá en el más joven ganador en la historia no solo de la vieja Itzulia, sino de todas las grandes carreras de una semana.

Rutina de campeón de Paul Seixas, que por la mañana cuenta con los dedos de las manos todas las subidas del perfil de sierra de la etapa llamada reina, y son ocho, Elkorrieta, Azurki, Etumeta, Kalbario, Krabelin (santuario de Arrate, donde Javier Romo besa la cruz de oro que cuelga de su cuello), Trabakua, Izua y Urkaregi, mira y remira el vídeo del descenso del puerto clave, Izua, y habla: “Voy a intentar ganar la etapa”.

Los compañeros sonríen y asienten. Trabajarán lo mismo que para defender sin más, pero si lo hacen bien, habrá premio, victoria, motivación, fe. “Esta mañana dije que quizá quería ganarla, y los chicos han hecho un gran trabajo”, les saluda Seixas en la meta. “Han controlado la carrera todo el tiempo, durante todo el día. Tenía que ganar por ellos”. Subiendo Izua, Prodhomme, el gregario punta, da el último empujón, el penúltimo cambio de ritmo. Después acelera Seixas. Unos metros más allá solo aguanta uno a su rueda, Lipowitz. Y no lo despega. También se le acerca Romo, pasado de triatleta que no le enseñó mucho a ir en pelotón. Roza su rueda delantera la trasera de Lipowitz y se cae. Quedan por delante 30 kilómetros y la última subida, la muy tendida Urkaregi. “Intenté darlo todo en la subida, pero estaba un poco… sí, un poco mareado. No, mareado no, pero me costaba un poco”, se disculpa luego. “No sé por qué, pero tenía la sensación de que no podía darlo todo, estaba hecho polvo, quizá fuera por el día, ha sido una etapa dura. Iba a toda máquina. Luego sentí que las piernas volvían después del descenso”.

Código de los campeones de ahora, que consideran un pecado contra el espíritu del ciclismo racanear y pedalear a rueda. Como Mathieu van der Poel con Tadej Pogacar camino del matadero de Viejo Kwaremont en Flandes, Lipowitz, el rival que podría haber elegido chupar rueda para luego ganar la etapa en la última recta, colabora en los relevos con Seixas. No se esconde. No se reserva. Pierde. Quizás piense ya que le quedan tantos años por delante para pelearse con Seixas, que más le vale llevarse bien con el campeón del futuro, ya.


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