Alex Aranburu consigue la primera victoria del año del ciclismo español en el WorldTour | Ciclismo | Deportes


Juan Ayuso se retira con problemas digestivos y el ciclismo español se dispone a entonar un blues, el lamento del corredor que no llega, cuando Alex Aranburu, guipuzcoano de caserío y ojos claros, lanza tres gritos de aleluya. El primero, en el terrible muro de Legina, un camino sin más, irregular, asfaltado hace tiempo y 100 metros al 17%, a 10 kilómetros de meta, un valle oscuro, altos robles, silencio que solo perturba el rugido de la moto que le abre paso; el segundo, en las diabólicos curvas del descenso hacia la autovía; el tercero, el alarido final, exultante, en la cuesta final empinadísima de la llegada a Galdakao. A su espalda, se resigna el noruego Tobias Johannsessen, al que ha torturado hasta rendirlo.
La victoria es la especialidad del corredor del Cofidis, un toque de clase y velocidad que administra con cierta parsimonia. Por eso, todos sus victorias, que no son muchas, como tampoco son muchas las del ciclismo español, se recuerdan con claridad y solos de trompeta. La de hace un año en la rotonda de Beasain, por ejemplo. En 11 temporadas de profesional, Aranburu, de 30 años, ha conseguido nueve victorias; la tercera parte, en etapas de WorldTour; las tres en la carrera de casa, la Itzulia, que esta primavera está consagrando la llegada de un nuevo crack, el francés Paul Seixas, intocable a los 19 años y cuatro meses, y hermoso de amarillo, un color hecho para él, tanto estilo. Después de marcar territorio y decidir el resultado final con un golpe de genio en la contrarreloj de Bilbao y remacharlo el día de Aralar, cuando corrió en estado de gracia –“uno de esos días en los que no sabes cómo lo haces”, dijo–, Seixas y su Decathlon decidieron dedicarse solo a vigilar dormitando, un ojo abierto y el otro entrecerrado.
Así estaban, sin más preocupación que la de no dejar que la fuga de 30 se desmandara, cuando en lo más duro de Legina Primoz Roglic, en el otoño de su forma, decidió despertar a la bestia. El esloveno del RedBull, segundo en la general, azuzó a la bestia. Tuvo el valor de hacer lo que nadie aún había intentado en cuatro etapas. Como respuesta, Seixas, tan bien acompañado, y muy despierto, contraatacó. La etapa es una minilieja en unas carreteras, subidas y descensos, que solo que solo los nacidos en Euskadi parecen capaces de interpretar bien. Todos ellos bullen. Por delante Aranburu, con Seixas, Igor Arrieta, el futuro, Ion Izagirre y Pello Bilbao. El francés traza tan bien como ellos en el descenso equívoco hacia Galdakao, o mejor, como si hubiera nacido allí, quizás porque todas las noches y todas las mañanas estudia bien el recorrido gracias a los vídeos que le graba José Luis Arrieta, exciclista y exdirector del Movistar, y padre de Igor, que colabora con el Decathlon. Roglic, y Lipowitz y Skjelmose, los jóvenes de la generación de Ayuso, la condenada por Pogacar y a la que Seixas amenaza con dejar seca, se pierden en el camino. Ceden 20s a Seixas, líder siempre, a falta de dos etapas, con 2m 19s sobre el esloveno y 2m 28s sobre el alemán.
El blues de ciclismo español, brevemente interrumpido por el festejo de Aranburu tras la primera victoria del ciclismo español en una carrera del WorldTour en lo que va de año, se podría entonar utilizando la letra que proporciona el propio Ayuso, apremiado por las tripas y desgraciado ciclista que se cayó hace un mes en la París-Niza que iba dominando y volvió caerse, golpeándose en la misma cadera, la semana pasada, la Santa, cuando se entrenaba: “El miércoles [la etapa de Basauri, en la que llegó a meta a más de 13 minutos del ganador] corrí más rápido el tramo desde meta al cuarto de baño que durante el recorrido de la etapa”.
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