Rafa Jódar conquista en Marrakech su primer trofeo de la ATP | Tenis | Deportes

Actúa Rafa Jódar con una naturalidad y una madurez que asombran, como si se conociera de carrerilla el oficio y en lugar de tener 19 años y un mundo entero todavía por descubrir, hubiera rebasado ya la treintena y estuviera de vuelta en esto. Pero de eso nada. Apenas ha dado unos pocos pasos en el profesionalismo y la sospecha va poco a poco transformándose en certeza: por ahí asoma un competidor. Todo va muy rápido para el madrileño, campeón este domingo del 250 de Marrakech y, por lo tanto, con un título ya en su ficha de la ATP. Su tenis va en consonancia: un vistazo basta para comprobar que él y Marco Trungelliti compiten a velocidades diferentes. En consecuencia, un desenlace limpio, sin accidentes: 6-3 y 6-2, en 1h 08m.
El tenis español, pues, presume de más juventud, de más envergadura y de otra incorporación al top-100, puesto que el triunfo conduce al madrileño al peldaño 57 de la lista mundial y, lógicamente, hacia una dimensión diferente. Hace un año, a estas alturas era el 991º del mundo. “No tengo palabras para describir lo que siento”, dice nada más despachar la final de un plumazo, como si fuera un mero trámite antes de seguir cogiendo más carrerilla y reuniendo más argumentos para escalar. Se le ha escapado a Daniel Mérida previamente la de Bucarest (6-2, 4-6 y 7-5 ante Mariano Navone, tras 2h 17m), pero su triunfo deja un buen regusto en el paladar. Que no haya equivocaciones: con Jódar no se habla en clave de futuro, sino de rabioso presente.
Poco importa la brecha generacional, los 17 años de diferencia de uno y otro; tampoco el ferviente deseo del superado Trungelliti, el tenista de mayor edad (36) en acceder al top-100; y ni rastro de nerviosismo, duda o temor alguno por el hecho de que se tratase de su primera final, resuelta a bocados, mordiendo en cada resto, martilleando con el saque; con esa propuesta expansiva, incisiva y moderna que destapó a comienzos de curso en Australia —primer Grand Slam, primera victoria en un grande— y que ha seguido corroborando después, raquetazo a raquetazo. Señor trofeo el que alza el español, que previamente se fundía en un abrazo con su padre, también Rafael, igual de templado y de concentrado en el banquillo que su hijo sobre las pistas.
Alcaraz, pues, parece haber encontrado un nuevo y joven aliado, cosecha de 2006, a lo que se debe añadir el esperanzador pasaje reciente de Martín Landaluce (también 2006) en el Masters de Miami. Acostumbrado en los últimos tiempos a circunscribir el éxito en torno al murciano, el tenis español inscribe un nuevo vencedor en Marrakech —diez predecesores, el último de ellos Roberto Carballés, en 2023— y alumbra al campeón más precoz en la historia del torneo; de hecho, no había señales más allá del murciano desde que triunfase Roberto Bautista en Amberes, en 2024. Se dirige Jódar hacia las alturas con la determinación y el impacto necesarios, sin titubear ni dar pasos atrás, sino al contrario: cada día que pasa, su pisada es más firme.
En tres meses, una ascensión de más de cien puestos (111) y la confirmación de que aquel chico que se hizo con el US Open como júnior (2024) transita por la ruta de la excepcionalidad. Lo comprueba el veterano Trungelliti, sin opción alguna, resignado; y lo certifican los antecedentes, puesto que únicamente Nadal (16), Alcaraz (9), Moyá (2), Ferrero (1) y Robredo (1) lograron un trofeo antes de cumplir 20 años. Próximamente desfilará por las pistas de Barcelona y a la hora de los créditos, vuelve al origen: “Quiero dar las gracias a mi club, donde he jugado desde que era un niño, el Club de Tenis Chamartín”, señala Jódar, la nota feliz de un domingo que prometía y que abre el buen camino en el inicio de esta gira sobre tierra batida.
Tenis disruptivo
Antes, el disruptivo Mérida se ha quedado a un tris de la recompensa en Bucarest, pero finalmente, el desempeño metódico de Navone ha terminado imponiéndose en un episodio irregular y oscilante, resuelto entre el descontrol. En total, 14 roturas y un inicio de lo más engañoso, puesto que a la linealidad del primer set (29’) le sucede el vaivén del segundo (44’), con siete breaks en los nueve juegos disputados. Curvas y más curvas. En la recta final, sin embargo, las horas de vuelo del argentino —25 años y 60º del mundo— prevalecen y a pesar de haber cedido terreno nada más comenzar el tercero, 0-2 y 1-3 favorable al español, lo levanta a base de sangre fría —al tercer punto de partido, con mucho suspense— y lo celebra.

Es su primer título en el circuito de la ATP, tras dos finales cedidas. Y coge aire mientras alza el trofeo, teniendo en cuenta que el día anterior había competido durante tres horas y media para sortear la barrera de las semifinales. Mérida invirtió menos tiempo, aunque el madrileño también arrastraba una paliza de aúpa; en concreto, los dos partidos extra de la fase previa y las tres remontadas posteriores que le permitieron continuar. Con fama de peleón, su evolución es la de un picapedrero que a base de voluntad, compromiso e insistir —dos challengers y seis ITF en el expediente, entre los 15 mejores en el ranking júnior— se ha situado a las puertas del top-100; ahora bien, con un estilo y una expresión muy particulares.
Siguiendo esa corriente que va redefiniendo el patrón clásico del tenista español, cada vez más incisivo y menos contemporizador, Mérida combina el sacrificio y la tenacidad característica —la épica de toda la vida— con destellos de genialidad. Juega con osadía. Posee grandes tiros en ambos perfiles y suele crecerse ante la adversidad, y en su comportamiento se adivinan guiños de los jugadores diferentes; ahora bien, su gesticulación revela demasiadas pistas a los rivales. “No puedo más, no puedo más…”, se dirige a su banquillo varias veces. Así que, con mayor poso, Navone decanta el duelo a su favor, aunque el tenis español esboza una sonrisa porque los acontecimientos destapan un nuevo éxito y otro activo a considerar. Él y Jódar.
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