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Desplazados por la guerra, cristianos de Líbano celebran Pascua lejos de sus hogares e iglesias

No era como el reverendo Maroun Ghafari había imaginado esta Semana Santa: durante años ofreció los sermones de Pascua en su aldea de Alma al-Shaab, de mayoría cristiana, en el sur de Líbano, cerca de la frontera con Israel.

Este año predica desde un suburbio de Beirut, junto a una silueta de cartón que representa su iglesia en Alma al-Shaab, ahora atrapada en el fuego cruzado entre las fuerzas israelíes y los combatientes del grupo político-paramilitar Hezbollah.

Desastre. Un libanés tomando fotos después de los ataques aéreos israelíes, en Tiro (Xinhua)

Más de 1.400 personas han muerto en Líbano y más de 1 millón se han visto obligadas a huir de sus hogares desde que estallaron las hostilidades el mes pasado entre Israel y Hezbollah, respaldado por Irán, a la sombra de la guerra más amplia entre Estados Unidos e Israel contra Irán.

Entre los desplazados del sur devastado por la guerra hay miles de cristianos. Ahora se encuentran lejos de sus iglesias ancestrales en Líbano, donde los cristianos han mantenido una fuerte presencia durante siglos de conquistas bizantinas, árabes y otomanas, además de numerosas crisis contemporáneas.

Se estima que los cristianos representan alrededor de un tercio de la población de Líbano, de los aproximadamente 5,5 millones de habitantes. Con 12 ramas del cristianismo, el país alberga la mayor proporción de cristianos de cualquier nación del mundo árabe.

A pesar de estar lejos de los ataques en y alrededor de sus aldeas en el sur de Líbano, la guerra se les recordó por el profundo retumbar de los aviones israelíes y los sonidos de mortíferos bombardeos a los suburbios del sur de Beirut.

Los aldeanos cristianos que se quedaron en el sur de Líbano, ignorando las advertencias generales de evacuación de Israel para la zona, se han ido aferrando cada vez más a enclaves rodeados de feroces enfrentamientos.

Y aunque los habitantes de Alma al-Shaab ya habían sido desarraigados antes, en la guerra Israel-Hezbollah de 2024, esta vez estaban decididos a no irse, a pesar de que los ataques aéreos se acercan cada vez más.

Los aldeanos se refugiaron en su iglesia en busca de protección cuando aviones de guerra israelíes bombardeaban grandes extensiones del sur y el este de Líbano, al tiempo que las tropas israelíes intensificaban una invasión terrestre y Hezbollah seguía disparando cohetes contra Israel.

En su homilía anual de Pascua, el patriarca Beshara al-Rai, de la Iglesia maronita de Líbano, culpó tanto a Hezbollah como a Israel por el sufrimiento causado por la guerra.

“El país atraviesa una situación crítica debido a la injerencia iraní a través de Hezbollah y a la agresión israelí”, afirmó. “Nuestros corazones sufren por las víctimas del conflicto impuesto al Líbano”.

El hermano de Ghafari, Sami Ghafari, de 70 años, estaba entre los aldeanos que buscaron refugio en la iglesia de Alma al-Shaab.

Pero salió por un momento el 8 de marzo para atender su jardín y murió en un ataque de un dron israelí. Su muerte llevó a los aldeanos que quedaban —incluido su hermano— a empacar sus pertenencias.

Rélica. Un bombero revisa una zona atacada en Beirut (AP).

Los cascos azules de la ONU en la zona —una fuerza conocida como UNIFIL que ha vigilado la región durante casi cinco décadas— los evacuaron a los suburbios del norte de Beirut.

“Queríamos quedarnos, pero siempre existía la posibilidad de que alguno de nosotros fuera atacado o asesinado en cualquier momento”, declaró el reverendo Maroun Ghafari a The Associated Press desde la iglesia de San Antonio, en el suburbio norteño de Jdeideh, en Beirut, donde los desplazados de Alma al-Shaab acudieron a rezar el sábado.

Todos están cansados, y vemos que la guerra no trae nada más que destrucción, muerte y desplazamiento”.

Para muchos cristianos libaneses, la tradición el Sábado Santo —el día entre el Viernes Santo, que conmemora la crucifixión y muerte de Jesús, y el Domingo de Pascua, que marca su resurrección según los Evangelios— es visitar las tumbas de sus seres queridos.

Este año, los cristianos desplazados sólo pudieron recordarlo desde lejos.

Nabila Farah, vestida de negro para el servicio del sábado en la iglesia de San Antonio, fue de las últimas en abandonar Alma al-Shaab. Un mes después, todavía se siente con el corazón roto.

“Extrañas el olor del hogar, las hermosas tradiciones y costumbres, los sonidos de las campanas de tres iglesias repicando”, comentó, evocando su aldea. “Por mucho que vivamos aquí el ambiente de Pascua, nunca será como allá”.

Quienes permanecen enfrentan otros desafíos. Marius Khairallah, sacerdote en la ciudad sureña libanesa de Tiro, donde gran parte de la comunidad cristiana se ha atrincherado, dice que él y sus feligreses se quedan “no por terquedad, sino por un sentido de misión, para permanecer junto a sus compañeros fieles, como testigos”.

Un número considerable de feligreses ha sido desplazado o está ausente”, señaló. “Sin embargo, las iglesias siguen abriendo sus puertas. Las oraciones siguen elevándose, aunque con menos voces”.

Entre los cristianos de la zona aumenta la preocupación a medida que el ejército libanés —que busca mantenerse neutral en la guerra Israel-Hezbollah— se retira de partes del sur de Líbano, dejándolos expuestos a las fuerzas israelíes que se adentran más en el territorio.

Además, las reservas de suministros se están agotando y el acceso humanitario es extremadamente difícil. Un convoy que transportaba más de 40 toneladas de ayuda, encabezado por el Vaticano, debía llegar a la aldea cristiana de Debel, pero su viaje fue cancelado por lo que la Iglesia Maronita del Líbano calificó de “razones de seguridad”.

El sacerdote principal de San Antonio, el reverendo Dori Fayyad, aprovechó su sermón del Viernes Santo para dejar constancia solemne del creciente costo de la guerra para los cristianos del sur de Líbano, al tiempo que los fieles recitaban oraciones en árabe y en siriaco, un dialecto del arameo, la lengua que hablaba Jesús.

“Hoy entienden lo que significa la cruz, no como una idea, no como un concepto, sino porque la están atravesando”, dijo ante una iglesia a rebosar, con tantos asistentes que decenas de personas tuvieron que quedarse de pie o en las escaleras del fondo.

Algunos se secaban las lágrimas cuando Fayyad iba nombrando una por una las iglesias del sur, representadas en las siluetas de cartón junto al púlpito.

“Estas iglesias en estas aldeas no son sólo lugares de culto”, manifestó. “Son testigos silenciosos del sufrimiento y de la fe”.

Agencia The Associated Press


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