México saborea al fin el furor del Mundial

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México empieza a oler a Mundial. El ambiente mundialista florece poco a poco y, en la última semana se dejó ver con los estadios que se llenaron de aficionados cargando banderas de países que ni siquiera conocían, o conocían muy poco. Cuando se anunciaron los cuatro encuentros en México, algunos se preguntaron con ironía: ¿quién va a ir a un Nueva Caledonia vs. Jamaica en Guadalajara? La respuesta: más de 40.000 personas. En El Gigante de Acero, como se conoce al Estadio BBVA de Monterrey, la FIFA esperaba más de 15.000 aficionados y llegaron 33.000. El repechaje, la antesala del Mundial que empieza en menos de dos meses, fue el gran examen de México rumbo a convertirse en anfitrión del torneo por tercera ocasión. Y, al menos en entusiasmo, aprobó con nota alta.
Los tapatíos y los regios fueron al estadio la tarde de un jueves laborable y volvieron con emoción el martes de Semana Santa. A Monterrey llegaron aficionados de Bolivia y Surinam, que dejaron postales surrealistas y entrañables al mismo tiempo. La barra oficial de hinchas bolivianos esperó fuera del hotel a su equipo con banda, cánticos, gritos y saltos frente a un Oxxo. Unas horas después, en Guadalajara, los locales entraron al estadio Akron con playeras de los Reggae Boyz y pelucas de rastas, aunque la afición tricolor terminó poniéndose del lado del más débil. Nueva Caledonia no avanzó en las eliminatorias, pero se llevó el cariño del público, que los apoyó hasta el final y les regaló sombreros, camisetas y otros recuerdos. En los partidos donde se definió todo, el apoyo se volcó a Bolivia y fue más neutral en el Jamaica vs. República Democrática del Congo. Los mexicanos tienen hambre de fútbol, y se nota.

La clave de ese éxito fue el precio. Las entradas se vendieron por 200 pesos (unos 11 dólares), y cualquier oportunidad de ir a un encuentro internacional en las sedes del torneo tenía que aprovecharse. El contraste es palpable: los boletos para los partidos mundialistas son los más caros de la historia. Los mexicanos que irán serán aquellos con alto poder adquisitivo o quienes hayan ahorrado durante años para permitírselo. El fútbol es un negocio, y en ese negocio quedan fuera quienes no pueden pagarlo.
Ciudad de México también tuvo su gran momento esta semana, aunque con un tono distinto al de Guadalajara y Monterrey. La selección volvió el sábado a la capital para reabrir las puertas a los aficionados en el renovado Estadio Azteca. Regresaron las camisetas verdes, las banderas, los penachos y los disfraces del Chapulín Colorado. Para este juego, las entradas alcanzaron hasta los 20.000 pesos. Finalmente, el encuentro contra Portugal quedó marcado por la ausencia de Cristiano Ronaldo, la muerte de un aficionado en estado de ebriedad y un fuerte operativo. Desde la muerte del Mencho, la seguridad en México se ha puesto sobre la mesa. La selección lusa fue una de las primeras en alzar la mano sobre el tema, que incluso puso en duda su asistencia.
El Azteca, aún con grúas, abrió sin estacionamiento para los asistentes, aunque solo algunos invitados especiales lograron estacionar sin problema su Suburban o su Audi. Los dueños del estadio tuvieron que ser auxiliados por las autoridades de Ciudad de México para cerrar vialidades en un perímetro de un kilómetro. Hubo que tirar de transporte público especial y aplicaciones de taxi. El caos, anunciado y esperado, imperaba en cada arista del sur de la capital, rodeado de policías. En el interior del Azteca había decenas de miembros de la Guardia Nacional.
Es probable que el torneo, una vez que arranque el 11 de junio, se parezca más a la experiencia de fútbol premium del Azteca que a la de Guadalajara o Monterrey: precios inflados, protestas, operativos de seguridad y caos vial. Sin embargo, la pasión por el fútbol y de ser el incansable anfitrión, también estará ahí.
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