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Malinin recupera su ser, pero no el alma, y gana su tercer Mundial | Deportes


Ilia Malinin surge desde el infierno y exhala un grito terrorífico liberatorio. Azul translúcido, líquido en la mirada. Su padre, que lo ve, le suelta un sopapo verbal. “Cómo has podido fallar en eso”, le dice, y hace gestos con la mano de una cuchilla inclinándose, en el sofá del kiss and cry (y tortura apta para todos los públicos) mientras espera la puntuación exorbitante Roman Skornyakov (Ilia ha elegido apellidarse Malinin por su madre, Tatiana Malinina, con cálculo comercial: más fácil para el mundo pronunciar Malinin, que se traduce por frambuesa, que la ese líquida con k detrás de su padre y entrenador), antes de felicitarle, deber cumplido, por terminar primero del Mundial, en Praga, tercera medalla de oro consecutiva, como su compatriota Nathan Chen, seis semanas apenas después de terminar octavo en los Juegos a los que acudía como único favorito. “Sé Dios para esto, resucita, gana un Mundial, y regresa a la rutina de hacer lo que había que hacer”, podría pensar el adolescente de Washington, que prefiere ir corriendo, niño aún, a subir en brazos al mínimo y falsamente frágil Yuma Kagiyama, amigo del alma y medallista de plata, que le aplaude con fervor y delicadeza, un arte solo japonés, desde la silla caliente.

Al lado del Axel, todo giro de taladro en el aire sobre el hielo palidece, sea cuádruple incluso, y detrás del cuádruple Axel, que solo Malinin ha ejecutado alguna vez, solo queda el vacío, la seguridad de no caer, y un lamento del aficionado. En Praga, Malinin juega seguro. Ni siquiera Dios puede borrar el pasado, mucho menos saltar sobre sus consecuencia como si nada. Malinin tembló en Milán por arriesgarse, por intentar no solo ganar, sino ser el mejor de la historia, volar siete cuádruples, incluido el cuádruple Axel, la maldición del más grande, el japonés Yuzuru Hanyu. Se quedó en nada, en una sopa de nervios y miedo. Mantiene La Voz, su voz, el programa con el que en diciembre había sido el primero de la historia en clavar siete cuádruples en la final del Grand Prix, pero, quizás temeroso, aburrido, con ganas de acabar ya, por fin, como si la experiencia olímpica le haya hecho envejecer años de golpe, no intenta el cuádruple Axel de la grandeza, y el suspense máximo, la respiración contenida, el ay, y patina, ejecuta los movimientos sin la vitalidad ni la adrenalina que hacían de cada giro, del salto mortal, de toda la secuencia rítmica de un ballet al que solo la furia desgarradora del Dies Irae de Verdi podría acompañar. Fue así. No fue el gamberro macarrilla que llevó el patinaje a los callejones callejeros, la revolución de una de las bellas artes pero, sin ser su yo supremo, es tan superior a todos que arrasó. Ganó por más de 20 puntos a Kagiyama, 329,40 por 306,67. Solo unos Juegos pueden borrar a otros Juegos, o remediar.

Malinin ganó por superioridad técnica, por hacer cosas que nadie sabe hacer, pero el arte es Japón. Es Kagiyama, de Nagoya, ya medalla de plata en los Juegos Olímpicos tras Mijaíl Shaidorov, ausente en Praga, y al que también entrena su padre, músculo y suavidad, belleza de cerezos en flor y fortaleza del árbol, de la fruta, que siempre resurge fuerte del invierno aniquilador, y brota siguiendo la música de Turandot. Ha heredado la sensibilidad de Hanyu. Tercero es otro japonés Sun Shato, y su panda.

Dios está cansado.


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