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Masters de Miami 2026: Landaluce choca con el saque de Lehecka en los cuartos de Miami | Tenis | Deportes


Exprimió a Jiri Lehecka, pero no fue suficiente. Bravo, en cualquier caso, por Martín Landaluce y este bonito viaje que ha deparado por el Masters de Miami en el que el español, de 20 años, deja su carta de presentación: meritorio lo de alcanzar los cuartos de final de un Masters 1000, pero más relevante todavía las señales emitidas, que advierten de un joven con potencial, apetito y decidido a dar un nuevo rumbo a una evolución que parecía haberse enfriado. De eso nada. Tiene ahora a tiro el top-100. Después de ganar seis partidos en ocho días, el español, procedente de la fase previa, chocó finalmente con el checo, quien progresó entre sudores: 7-6(1) y 7-5, tras 2h 02m.

Aquí se acaba la experiencia, pero, visto en perspectiva, el destape de estos días tal vez signifique un nuevo punto de partida. Quién sabe. Fundamentos no le faltan. Se coronó como júnior en Nueva York (2022) e insinuó después —primer triunfo ATP, en 2024— en este mismo escenario, pero a esos chispazos le siguió un periodo de horneado que contrasta con la irrupción excepcional de otros talentos. Su aparición y el dichoso deseo de que todo vaya muy rápido, de que cualquier signo de juventud sea genial. Él sigue el camino lógico, lo más normal: escalón a escalón. Y se marcha con un gran botín entre las manos, porque independientemente de cotas, victorias y puntos, pesa la sensación de que ahí hay madera de la buena.

La de Landaluce es una de esas miradas que transmiten que el tenista está en órbita, enchufado, con el foco nítido. Arriesga, pero en realidad juega con red; ganará o caerá, pero el español compite con un patrón y un plan muy definidos, con las ideas claras. Férrea esa estructura. Lo busca y aprieta, valiente otra vez, pero la solidez del checo (24 años y 22º del mundo) con el servicio no le abre una sola puerta. Lehecka, de gran calidad pero en términos generales discontinuo, va imponiendo sus primeros e intenta morder a su manera: lo fía todo a su mirilla, pero en los intercambios sufre. Aun así, él es quien se costea las oportunidades, hasta cuatro opciones de rotura en los tres primeros juegos. Esa será la tónica, con matices.

Porque Landaluce juega con ese desenfado propio del que acaba de entrar en el salón. Sin complejos, sin presiones. Brazo muy suelto. Todo será sumar de aquí en adelante para él, desinhibido, como si fuera el que lleva más tiempo en esto y el que domina la situación, de modo que el duelo desprende una sensación muy paradójica, asimétrica: quien más cerca está de desnivelar la balanza es quien peor cara tiene. Lehecka no termina de verlo claro. No transmite el checo demasiado optimismo, mientras que el español va creciéndose, jugando con esa carta a su favor del enfrentarse a lo desconocido. Nuevo en la oficina, los rivales todavía no saben por dónde va a salir. Es un grandullón, pega, tiene saque. Y sabe jugar. Buen criterio.

Eso sí, hay un pero porque flaquean esos primeros —promedios peligrosamente bajos, en torno al 50%— y, en cambio, Lehecka dispone de maravilla las direcciones, con mucha variedad, ya sea con un saque punzante o más o menos liftado, abierto o con bote alto. Ahí se gusta el checo. Sobre ese terreno construye, despeja dudas y se sostiene; a la hora de la verdad, dada la paridad, pasa definitivamente al ataque. Probablemente solo quede esa opción o, de lo contrario, se pegue un buen topetazo porque ahí enfrente no hay miedo, sino desafío. Así que al desempate muerde. Ahora sí, se percibe el desequilibrio de recorridos; bregado ya uno, al joven Landaluce aún le quedan muchos territorios por descubrir. Una ráfaga de mucha determinación lo decanta en un plis plas.

Desde el box, Óscar Burrieza lanza oportunamente todas las coordenadas para que el chico mantenga el orden —“un pasito más adelante y a triturarla!”. “¡Sacando manos, máquina!”—, a lo que el receptor reacciona conservando el tono. Buena señal. Su tenista no se arruga, sigue retador, propositivo; sin bajar el pistón y con el punto necesario de descaro. Y parámetros similares otra vez, aunque en esta ocasión el madrileño encuentra una rendija en el noveno juego de la continuación. Ahí, sin embargo, asoma la potencia de Lehecka, un tenista de muy buen trazo al que se le está resistiendo un salto mayor; tiene el tiro y el dinamismo, pero le falta consistencia. Exceso de nervio a veces. Niega esa única opción de break —la derecha invertida, su golpe maestro— y posteriormente sigue a lo suyo: saque y más saque. Por fin, él sí atrapa la rotura. Y al cuarto intento, lo cierra.

Él avanza, pero Landaluce regresará con un buen botín: victorias de renombre, confianza y, sobre todo, un importante paso adelante. Muy cerca ya de filtrarse entre los 100 mejores del circuito, lo que le evitaría el duro trámite de tener que pasar por las fase clasificatorias, el español se marchará en el peldaño 105º y con la certeza de haber descubierto que puede, que tiene las herramientas y, ante todo, la personalidad. A partir de ahora, la élite conoce a Tintín, un prometedor escudero si no afloja y la historia no se tuerce.


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