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Jorge Díaz-Rullo alcanza los límites de lo posible y propone 9c para su vía ‘Café Colombia’ | El Montañista | Deportes

A falta de arbitraje, de cronómetro, de reglas escritas, la escalada de élite se autorregula como puede. Y así crece imparable desde hace décadas, atenta a sus imperfecciones, a la subjetividad de sus propias normas, consciente de que el equilibrio de su credibilidad pende siempre de la honestidad de sus grandes actores y actrices. En 2017, el mutante checo Adam Ondra anunció que había logrado escalar una vía que bautizó Silence (en Flatanger, Noruega) de una dificultad jamás alcanzada con anterioridad por el ser humano: 9c. Casi diez años después nadie ha logrado repetir su gesta. Sin embargo, existen ya cuatro propuestas más de 9c, la última anunciada hace escasos días por un escalador español, Jorge Díaz-Rullo, el último en pisar el olimpo de las divinidades de la disciplina.

En escalada, la dificultad de las vías se establece por consenso, no puramente democrático porque no opinan todos los escaladores, sino por la representación de unos pocos. En la élite absoluta, claro está, solo pueden opinar tres o cuatro, cinco a lo sumo, pero para poder hacerlo han de medirse a las propuestas de sus compañeros, asunto nada sencillo, encadenar la vía y después emitir su opinión. Al margen de la vía Silence, en 2022 el francés Seb Bouin propuso 9c para su vía DNA, el austriaco Jakob Schubert hizo lo propio con la vía BIG en 2023 y Sean Bailey atribuyó idéntica dificultad a Duality of man en 2025. Nadie ha podido repetir dichas rutas. La propuesta de Jorge Díaz-Rullo se llama Café Colombia y se encuentra en la escuela catalana de Margalef: observa treinta metros de recorrido extraplomado, con 20 bidedos donde apenas entra una falange, sin reposos, lo que exige una resistencia casi inasumible. De hecho, el escalador madrileño ha trabajado la vía a lo largo de los últimos cuatro años en épocas meteorológicas favorables, dedicando más de 250 días a resolver el problema, cayendo más de 20 veces a escasos movimientos del final.

De hecho, el día del encadenamiento, nada hacía presagiar el éxito: “Antes de dar el pegue no sentí nada especial, ni siquiera imaginaba que iba a ser ese día. Pero escalando me sentí increíble físicamente, como si todo fluyera. Fueron los cuatro minutos de escalada de mi vida”, ilustra. Hasta ese día, no sabía si sería capaz de encadenar la ruta, incertidumbre que puede destruir la confianza del más sereno. Hubo días en los que apenas podía sujetarse de las presas, escupido una y mil veces de la pared, incapaz de unir las secuencias de la vía, persiguiendo las condiciones óptimas para que su piel no cediese ante el calor o la humedad. Jorge Díaz-Rullo siempre ha destacado por su fortaleza mental, la misma que le llevó en sus inicios, sin patrocinadores ni ayudas, a vivir en su furgoneta a pie de pared mendigando aseguradores para sus escaladas.

Hoy en día forma parte del proyecto Sputnik Climbing, le apoya la firma italiana Scarpa y, a base de mucho trabajo, se ha colocado en la cima de las referencias de la escalada en roca. Nadie le ha regalado nada, nunca ha sido el niño bonito de la escalada, más bien un albañil de infinita solidez mental. Creer en uno mismo debe ser eso.

Para poder lanzar su propuesta de 9b+, Díaz-Rullo recuerda que ha logrado encadenar más de un centenar de rutas de noveno grado y dos de los 9b+ más representativos del planeta, como son Bibliographie y Change, además de Mejorando la samfaina, ruta que solo él ha logrado resolver.

“Proponer un grado para una primera ascensión nunca es fácil, especialmente en un proyecto que me ha llevado al límite durante años. Siento una gran responsabilidad, sobre todo porque se trata de una de las vías más duras del mundo, así que creo que merece la pena detenerse y reflexionar con calma. Antes de proponer un grado, he intentado dejar de lado las emociones y ser lo más analítico posible. También he pedido la opinión de otras personas”, aclara.

“Aun así, admito que sigo teniendo dudas, y estoy seguro de que las seguiré teniendo. La vía me ha llevado a un nivel de esfuerzo que nunca había experimentado antes. Factores como las condiciones y la piel añadieron un nivel de complejidad que implicó muchos más días de trabajo y, aunque no se reflejan directamente en el grado, es difícil separarlos completamente de la experiencia global de la vía. En cualquier caso, me pareció significativamente más dura que las vías de 9b+ que había hecho anteriormente. Según mi experiencia, hay una parte de mí que siente que podría ser más dura que 9c. Pero en realidad no sé cómo se siente un 9c+. Ni siquiera tengo una idea clara de cómo sería un 9c/+. Así que no creo que sea razonable proponer un grado así. Por todo esto, he decidido proponer 9c. Creo que es la opción más honesta y lógica”, añadió.

Ahora deberá esperar la opinión de otros escaladores, proceso que puede llevar años. Para poder probar de forma seria una ruta de 9c es preciso invertir una cantidad ingente de jornadas y vivir a dos pasos de la escuela en cuestión para poder aprovechar las mejores condiciones meteorológicas. Esto implica mover temporalmente su residencia a Noruega, Francia, Estados Unidos o, en éste último caso, a España. Además, tanto Adam Ondra como Jakob Schubert o Alex Megos compiten en estructuras artificiales para poder disputar los Juegos Olímpicos, disciplina no siempre compatible con la roca. Será precisa una larga espera para confirmar la dificultad de las propuestas de 9c, y al final del proceso podrán darse sorpresas, tanto a la baja como al alza.


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