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El gol de Arda Güler, el disparo de Indiana Jones | Fútbol | Deportes


Hace unos años, Totti jugó una pachanga de futbito en la que un adversario, probablemente tiktoker, le hizo una lambretta para presentarse en el área, amagar dos veces y fallar el disparo; la pelota llegó a Totti botando, y sin controlarla, la elevó desde el centro del campo y se la coló por encima al portero. El vídeo se popularizó rápidamente porque mostraba a Totti desganado ante la lambretta de su rival (no hizo ni el amago de perseguirlo, no hizo nada, salvo mirarlo con un poco de asco) y, con su golpeo después, marcar el gol que el otro había intentado con florituras. Sencillo, simple, directo. Como cuando Indiana Jones, buscando el arca perdida, se enfrenta a un diestro espadachín que se exhibe con maniobras prometedoras de un largo duelo; Indiana saca un revólver y le dispara (al parecer, buena parte del equipo de rodaje, incluido Harrison Ford, había enfermado, y al actor, con 39 de fiebre, no le apeteció rodar una escena larga de lucha de espadas. Pocas cosas ayudan a priorizar más que la mala salud: cuántas veces, si tenemos fiebre, acabamos nuestro trabajo en la mitad de tiempo).

El gol de Arda Güler es bellísimo por lo que tiene de aparentemente fácil. Un tipo le pega al balón y el balón llega a portería. Puede armar un contragolpe, asociarse, contemporizar, incluso ponerse a hacer bicicletas. Se pueden hacer muchas cosas en un campo de fútbol con el objetivo de marcar un gol, pero ninguna se ha demostrado más eficaz y directa que disparar a puerta. El problema, claro, es cuando tienes la portería a 70 metros. Y se te ocurre levantar la cabeza y disparar. Es un proceso rapidísimo que exige una calidad fuera de lo común. La floritura sucede en el pie, la parte elegida para golpear, la fuerza medida, la impresionante puntería. Son goles de museo porque hay pocos y todos suelen tener una historia detrás relacionada con el atrevimiento: hay, efectivamente, que atreverse.

El fútbol está lleno de maniobras preparatorias para algo que, en esencia, es muy simple: pegarle al balón hacia la portería. A veces da la sensación de que algunos jugadores quieren convencer al gol de que aparezca, como si fuese un animal tímido al que hay que atraer con coreografías. Pero el gol, en realidad, suele ser bastante bruto. Aparece cuando alguien le pega. Por eso el disparo de Arda Güler tiene algo conmovedor. No es un rompecabezas, ni una jugada coral, ni un ejercicio de geometría avanzada. Es un chaval pequeño que mira, calcula durante una fracción de segundo y decide que sí, que desde ahí también se puede. Y le pega.

Hay en ese gesto algo muy poco contemporáneo, casi insolente. Esa era también la impactante belleza del juego de Leo Messi: regatear con el cuerpo y la velocidad, relacionarse con el balón mediante la carrera, pegar el balón al pie, no caerse. Tampoco parecía muy interesado en demostrar nada con la pelota. Simplemente avanzaba. A veces daba un pequeño toque hacia dentro, otro hacia fuera, y de repente el balón estaba dentro de la portería. Algo parecido ocurre con estos disparos desde muy lejos. Son la versión futbolística de saltarse la conversación trivial y pasar directamente al asunto. Mientras los demás están todavía pensando qué hacer con la jugada, alguien ya la ha terminado. Y el portero está mirando hacia atrás, preguntándose en qué momento exacto se torció todo.


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