Masters de Indian Wells 2026: Sinner aplaca al magnífico Medvedev y triunfa de nuevo: ¿Alguien dijo crisis? | Tenis | Deportes


¿Crisis? ¿Qué crisis? Va y viene el tenis muy rápido, replanteando el escenario en márgenes muy cortos de tiempo y lo que ayer parecía oscuro, mustio y encallado, hoy está iluminado. Paciente, Jannik Sinner repetía: “Confío en lo que estoy haciendo. Es cuestión de trabajo y de respetar los periodos”. Y así es. Después de algunas dudas, enraizadas fundamentalmente en el exterior, el número dos del mundo levanta los brazos y celebra triunfador la conquista de Indian Wells, después de un estupendo desenlace en el que Daniil Medvedev, este Medvedev con gesto de no haber roto un plato, haya tensado la cuerda de principio a fin. Se decide la final al desempate: 7-6(6) y 7-6(4), en 1h 55m.
El de San Cándido, por tanto, se hace por primera vez con el trofeo californiano y cierra el círculo sobre pista dura en los Masters 1000. A sus 24 años ya posee los seis —previamente se hizo con Miami, Canadá, Cincinnati, Shanghái y París— y reacciona cuando la situación lo precisa. Nunca se perdió, sencillamente está experimentando. Probándose para ser mejor. Su primera dentellada del año viene acompañada de un señor mordisco en el ranking —recorta 1.000 puntos la renta de Carlos Alcaraz, ahora 2.150 por delante— y tras un arreón espectacular: al 0-4 del rival en el segundo tie-break le sucede una demoledora ráfaga de siete puntos. Por si alguien lo dudaba, aquí está él.
Antes, el de Moscú mantiene exactamente el rumbo del día anterior, en realidad de todo este torneo en el que su tenis ha cobrado otra vez su máxima expresión. Esto es, duro-duro-duro hasta para un tipo tan firme, tan regular y tan lineal como Sinner, cómodo siempre en los peloteos de largo recorrido pero quizá no tanto esta vez. El ruso, de 30 años, ha vuelto por sus fueros y su revés —la famosa sartén, por su forma de empuñar y trazar el tiro, además de la heterodoxa postura corporal— llega a rincones y espacios insospechados. Se le ve replicar a lomos de esa ola e inevitablemente asoma la pregunta: ¿Por qué no ha sido él esa tercera pieza del puzle? ¿Y qué sería del tenis de hoy si así fuera?
No se sabe muy bien por qué, o tal vez la respuesta esté en esa cabecita traviesa, Medvedev fue desapareciendo del mapa y cobijándose en la resignación desde hace un par de años; normal, de alguna forma, teniendo en cuenta los golpes recibidos ayer —Nadal, Federer y Djokovic— y los de hoy. Ha recibido por todos lados, del mismo modo que quienes los asestaron son plenamente conscientes de la magnitud de un jugador que de haber tenido un punto más de fortuna, hubiera alcanzado seguramente un estatus superior. En todo caso, este año está mostrando un cambio de disposición y el tenis lo celebra. Con él sobre el tapete, las anodinas rondas finales del presente cogerían otro color.
Bien lo sabe Sinner, alertado por lo sucedido en las semifinales —Alcaraz extenuado, por momentos persiguiendo la bola de un lado a otra— y enfrascado durante estos últimos meses en el laboratorio. Nada de crisis. Simple y llano proceso. El cuerpo a cuerpo con el español (10-6 por encima, 7 a 2 desde 2024) exige una revisión permanente del juego y visto que su ofensiva desde la línea de fondo comenzaba a quedarse corta en determinados contextos, se ha propuesto investigar e incorporar nuevos argumentos. En esencia, Sinner sigue siendo el Sinner de siempre, ese pegador inmisericorde que imprime un ritmo endemoniado, pero desde el otoño ha dado un paso adelante.
Busca versatilidad y en ello está. Testea las innovaciones también contra Medvedev, descolgándose de vez en cuando para intentar sortear el muro y probando la dejada, más valiente, pero el ruso está centrado y con ganas, amenazante desde el principio. No solo sostiene el pulso sino que contragolpea con decisión, tratando de convertirse en ese segundo hombre que logre lo difícilmente imaginable: vencer a Alcaraz y Sinner en un mismo torneo, o algo así como subir de un día para otro el Everest y el K2. Solo un titán podría conseguirlo. Solo uno ha sido capaz, de nombre Novak Djokovic, autor de la hazaña en el marco de la Copa de Maestros de 2023, cuando todavía les aguantaba el ritmo.
Le sobra cadencia a Sinner, quien a base de serrar y serrar, termina llevándose un primer parcial decidido sobre la cornisa, al límite, sin que uno ni otro cedan. El italiano se ha quitado el vendaje compresor del tobillo y sigue desempeñándose como una máquina de meter primeros, mientras el ruso no encuentra la rendija porque, hasta ahí, no la hay. Puerta cerrada a cal y canto. Sin embargo, lo ha digerido bien. En otros tiempos recientes se hubiera torcido rápidamente, empantanado entre excusas y peleado con todo, pero hoy se aplica, se levanta, arriesga y logra no descolgarse, que no es poco. Este Medvedev es otro. Magnífico. Se hidratan los dos porque la paliza está siendo de aúpa.
Aprieta de nuevo el calor, 34 grados, pero la erosión parece responder en mayor proporción al plano mental que al físico. Ambos muy enteros. Ninguno va a dar su brazo a torcer. Después de varias experiencias negativas, Sinner se ha adaptado bien al sol y en la recta final controla la situación, en contra de las apariencias. Se repite la resolución en el segundo set, sellado después de una falsa ilusión: a la sacudida del moscovita responde con entereza y filo, con la mirada propia del campeón, quien después de un par de sinsabores —tibio en la penúltima rampa de Australia y neutralizado contra pronóstico en los cuartos de Doha— se reactiva y recuerda: aquí están él y su cañón.
Daniil Medvedev
vs
Jannik Sinner
Sets:
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