Pogacar se corona de nuevo y escribe la historia en la Strade Bianche | Ciclismo | Deportes


Tadej Pogacar, el extraterrestre sobre dos ruedas que está reescribiendo el ciclismo, ya es la Historia de la Strade Bianche tras su nuevo triunfo, abonado con un ataque marciano a 80 kilómetros de meta. Es el cuarto trofeo de la carrera en su palmarés (2022, 2024, 2025 y 2026) -el 109 de su lista de la compra-, más que nadie, incluso que el suizo Fabian Cancellara, que se quedó con tres y que hace un par de días se le escapaba la sonrisa nerviosa cuando le cuestionaban por la posibilidad de que Pogacar le arrebatara la corona. Fue en un acto en el que bautizaron un tramo del Colle Pinzuto, uno de los muros finales antes de Siena, con el nombre del esloveno, ese en el que el año pasado dejó a Van der Poel cogiéndole la matrícula después de reponerse de un topetazo que le rasgó el maillot y parte de la piel, antes de dar dos volteretas. Es, también, el tercer laurel de carrerilla. Es, simplemente, su jardín toscano en el que en esta ocasión jugó y brilló Paul Seixas, un joven francés de 19 años del Decathlon AG2R, equipo que lo pasó de juveniles a profesional sin pasos intermedios porque le sobraba ímpetu y ciclismo.
Y eso que Pogacar dio carrete a la duda sobre si estaría tan fuerte como acostumbra a inicios de temporada -un envidiable estado físico que mantiene hasta el Tour y más allá- o quizá no tanto y se reservaría. “Espero un ataque de Del Toro”, siseó, aceptando que el primero en mover piedra sería su compañero y, después de quedar segundo en el Giro pasado, también aspirante a un trono que nadie se acerca. Pero fue la carta del despiste, las palabras del trilero. Porque esta vez no avisó donde atacaría como hizo en 2024 -a 81,1 kilómetros de meta-, pero lo hizo en el mismo punto, a 79,2 kilómetros, otra aventura homérica que ya es su patente. El ciclismo moderno que se llama Pogacar, ganador de todo cuanto corre, a excepción de la Milan-San Remo (a la vuelta de la esquina, el 21 de marzo) y la París-Roubaix, los dos Monumentos que le faltan para cerrar el círculo, siempre y cuando también conquiste la Vuelta España, que de momento no entra en su calendario porque el Tour lo es todo.
Alcanzada la falda del Monte de Santa María, donde refulge el paisaje de estrellas carreteras blancas con el verde y amarillento paisaje de la Toscana, enhiestos cipreses como corona y tramos de arcilla, de sterrato que le dicen, ataca Pogacar sin mirar hacia atrás. No se esperaba y coge a algunos a contramano, como a Pidckoc que había sufrido un problema mecánico. Incluso a Seixas, que estaba lejos. Pero este joven que es la esperanza francesa de volver a ganar un Tour 50 años después, aguantó el tipo y hasta cogió al esloveno. Fue un suspiro, algo que muchos solo sueñan, porque después quedó descolgado como el resto. Van del Poel, Jorgenson, Van Aert y sus compañeros del Toro y Christen por detrás. Un cuento ya conocido, un final ya sabido. Porque Pogacar, ahora acicalado con un pelo de rubio platino, supo aguantar la distancia y el tiempo, siempre por encima del minuto, sensacional con su ritmo y apuesta, con un triunfo que evidencia que nadie le tose. “Sí, vi que Seixas venía fuerte por detrás, pero yo tenía que ir a tope hasta arriba y ya veríamos que pasa… A ver si explota o cierra el hueco”. Y explotó. Claro. Como todos. Pero se recompuso como ninguno.
Porque Seixas (19 años) se batía el cobre contra los mejores y dio relevos en busca de un remonte imposible, también de un desgaste que escogería a los más fuertes. Y ese fue él, capaz de demarrar a Del Toro (22 años) en los últimos metros, un segundo puesto tras que es el primero de los mortales, un aviso de que hay un nuevo ciclista en la ciudad. Juventud divino tesoro que cada vez se apodera del deporte, al punto de que la madurez del ciclismo ya no entiende de tiempos ni biorritmos.
Pero todos están a los pies de Pogacar. “Es el corredor más grande de la historia. Por lo que hace y por cómo lo hace. Ni Eddy Merckx”, resuelve extasiado Alberto Contador desde la televisión (Eurosport), que en su momento lo ganó, dos Giros, dos Tours y tres Vueltas. Y ahí lo celebra Pogacar, puño cerrado y brazo en alto, dientes apretados, sonrisa de pura felicidad. Incluso al cruzar la meta se baja y hace un par de reverencias, como si reconociera que el espectáculo no solo lo es él sino también los tramos de sterrato, de pendiente y culebras de gente que alientan sin cesar. “Enhorabuena al equipo y a los compañeros porque han controlado las escapadas”, verbaliza el rey, que vuelve a coronarse con el maillot arcoíris en su pecho. Eso es en la Piazza del Campo de Siena, en la toscana, en el jardín de Pogacar.
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