Guerra contra Irán, sacrificando al amigo americano
La muerte del líder supremo iraní Ali Khamenei, y gran parte de sus principales colaboradores, brindó el sábado último en el inicio de la guerra una victoria significativa, potente e inmediata a Donald Trump. Confirmaba el sentido de la apuesta y el supuesto de que con el régimen decapitado contaba con la partida ganada. Fue tal el impacto, que apenas conocida la noticia el presidente sugirió que EE.UU. podría retirarse del frente después de tres días. Pero, con igual inmediatez, la realidad dio portazos al entusiasmo y debió elevar el pronóstico a cuatro semanas, que aumentó a cinco el domingo para culminar el lunes, resignado, con el abandono de todo plazo.
Señales todas que exponen ruidos en el sistema de decisión, planificación y las consecuencias, como había alertado en soledad y sin ser escuchado el jefe del Estado Mayor, Dan Caine. Lo acaba de señalar de una manera cruda el premier británico Keir Starmer, que no se suma al conflicto, dudoso de que el mandatario republicano tenga claro lo que ha provocado.
La muerte del líder supremo debilitó, pero no decapitó al régimen, que aparece preparado para esta circunstancia con mayor habilidad que la que demostró en la guerra de 12 días de junio pasado. Y aunque su poderío es mucho menor que el de sus adversarios, exhibe una capacidad de daño generalizando el conflicto al universo árabe y aún más allá, a Chipre o Turquía, para presionar por ahora sin éxito a esos actores contra Washington y atragantando el suministro mundial de carburante.
El reacomodo de los objetivos de la operación occidental planteada por los ministros del presidente, del inicial propósito de cambio de régimen al de solo el desarme de Irán a despecho de quien lo gobierne, obedece a diseñar un camino posible y rápido de salida de esta crisis si es que los resultados se alejan de lo esperado. EE.UU., no necesariamente Israel, necesita que este drama acabe con urgencia porque su prolongación, que con un previsible enorme propio costo persigue Irán, se convertiría en un extraordinario disparo en los pies para el mandatario republicano, aparte de la crisis económica mundial añadida por el estallido de una guerra en un sitio estratégico para la provisión de energía al planeta.
Irán, es cierto, lo conduce un régimen absolutista y sanguinario que eleva en clave nazi como razón de Estado la desaparición de Israel y repudia al Ejecutivo palestino por haber reconocido el derecho a existir de ese país. Aliado, además, de Rusia y Corea del Norte en la masacre ucraniana. De ahí el aislamiento que no solo ahora experimenta la Revolución Islámica y la convicción generalizada de la necesidad de un cambio sensato de régimen que deberían decidir sus 90 millones de habitantes.
El presidente de Estados Unidos, Donald Trump recibe al primer ministro israelí, Benjamin Netanyahu, en la Casa Blanca, en Washington, D.C., Estados Unidos, el 11 de febrero de 2026. Foto XinhuaTrump se montó en esta aventura para exhibirse del lado bueno de la historia, con la seguridad de que un golpe preciso y rápido fortalecería su liderazgo global y doméstico. Lo que vemos ahora es, sin embargo, un gobierno norteamericano preocupado por el riesgo de que la situación se complique como le ocurrió a Vladimir Putin con Ucrania, que también actuó convencido de que un país pequeño y debilitado caería en instantes. Es por ese dilema que el magnate varía de hora en hora lo que pretende del conflicto.
Los escenarios posibles
Irán, como a comienzos del siglo con Irak, carece de armas de destrucción masiva o de la inminencia de un arsenal nuclear o misiles que transporten esos artefactos, como ahora sostiene Washington para justificar la guerra tras haber proclamado la total destrucción de los sitios atómicos del régimen persa el año pasado. Claramente no era ya una amenaza para EE.UU. Pero sí, desarticulado y con la población en contra, aparecía como una presa fácil.
En una elocuente entrevista con The New York Times, Trump se mostró convencido (“enamorado” dijeron los periodistas) de que el modelo que aplicó en Venezuela con el arresto del chavista Nicolás Maduro y la transformación del país en un protectorado, debería encajar con Irán. Esa visión sorprendente, que ignora el argumento de sus ministros, la reiteró al portal Axios de modo aun más concluyente, reclamando el derecho a elegir al próximo líder supremo iraní como hizo con Delcy Rodríguez en el país caribeño.
Recordemos que en aquel instante del pronóstico entusiasta de los tres días al iniciar la guerra, admitió que no descartaba hacerse cargo del país persa como hizo con la nación caribeña. Ignora las enormes diferencias entre ambos escenarios, que se han hecho evidentes con la reacción militar del régimen. El anuncio, aunque dudoso, de que podría enviar tropas al terreno reconoce las dificultades que aparecen en la brújula y la constatación de que con la fuerza aérea no es suficiente para doblegar a este enemigo.
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Israel derribó un avión de combate iraní sobre Teherán.
El gran ganador de la crisis es Israel que tiene mucho más claro el propósito de esta guerra. Pero en su ambición geopolítica es posible que acabe sacrificando al amigo americano. Trump descubre que el conflicto es un lastre para su imagen interna, especialmente en sus bases más fanáticas. Aún peor si como consecuencia la guerra acelera, como está sucediendo, los precios internos. Si era espinoso el camino a las cruciales elecciones legislativas de noviembre, la performance del conflicto puede ser determinante en esas urnas. Hay un darse cuenta muy cauto. Las cambiantes declaraciones de Trump sobre el liderazgo iraní reflejarían cierta tensión con Israel sobre los objetivos de la guerra, concluye Steven Cook, especialista en Oriente Medio del Council of Foreign Relations de EE.UU.
Trump aceptó el convite de su aliado Benjamín Netanyahu, el premier israelí, para esta operación basado menos en la estrategia que en sus instintos, según admitió. De ahí que es opinable la noción de algunos analistas sobre que estamos ante una sofisticada ofensiva imperialista. El magnate se entusiasmó por aquello del ejemplo venezolano, y urgido por revertir un escenario donde ha perdido el control de la Corte Suprema y lo sobrevuela el espectro de los archivos Epstein. También, de paso, complicar a China, que es uno de los perdedores significativos del conflicto por el bloqueo de un importante proveedor de petróleo y por el aumento del precio del crudo. China es el mayor importador global del carburante: 11,6 millones de barriles diarios el año pasado.
La influencia decisiva de Israel la acabó reconociendo el canciller norteamericano, Marco Rubio, un político convencido de la centralidad a cualquier costo de EE.UU., quien reveló que Netanyahu se disponía a atacar a Irán que reaccionaría contra los intereses norteamericanos. De modo que había que desempolvar la doctrina bushista de la guerra preventiva: golpear antes. Un argumento endeble. Netanyahu y los halcones de su gabinete no se detienen en esas narrativas. Apuntan a una transformación geopolítica que elimine de raíz la existencia del régimen en Irán, no solo las capacidades militares de la teocracia. Con eso decapitaría realmente a las milicias que levantan la bandera palestina. Es para eso que necesitan el poderío de EE.UU.
La paradoja es que Israel coincide con Irán en los beneficios de una guerra prolongada. En un contexto de largos plazos tendría abierto el camino para su misión central que es expandir el dominio territorial sobre su vecindario y garantizar una amplia esfera de influencia. El bombardeo actual en Líbano, justificado por la torpeza del grupo Hezbollah que disparó al norte de Israel, apunta a un control efectivo no solo militar del territorio austral de esa nación hasta el río Litani, sino políticamente de todo el país.
No se debería descartar que en breve veamos una reanudación, por cualquier argumento, de la presión militar sobre Gaza y especialmente en Cisjordania, a despecho del plan de paz impulsado por Trump y las potencias árabes. Ese mecanismo incluye una alternativa de gobierno palestino que Israel no está dispuesto a aceptar y del cual no podía desembarazarse. Pero la guerra permite luces verdes, aun más si no termina en tres días.
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