duras críticas al canciller alemán Merz por el apoyo incondicional a Estados Unidos e Israel


Las visitas de los líderes europeos a la Casa Blanca desde la vuelta de Donald Trump a la presidencia estadounidense son visitas de riesgo. Nunca se sabe si el inquilino del Despacho Oval los va a tratar con la debida cortesía diplomática o si va a atizarles por cualquier cuestión, cierta o falsa. El francés Emmanuel Macron supo pasar el examen, pero ayer el alemán Friedrich Merz fue incapaz.
Todo iba bien hasta que Trump empezó a atacar al británico Keir Starmer y, sobre todo, al español Pedro Sánchez, que ha prohibido que Estados Unidos use las bases españolas para los ataques contra Irán alegando que el ataque viola la Carta de Naciones Unidas. En anteriores ocasiones, como sucedió con Macron cuando Trump atacó al ucraniano Zelensky, unos salen a defender a otros. Pero Merz asintió mientras Trump cargaba contra Starmer y Sánchez e incluso le dio la razón en algunos momentos.
Puede pasar como una anécdota, pero en los usos diplomáticos europeos es una afrenta. Las diferencias se solucionan en casa, en Bruselas, ni se airean fuera ni se deja de defender a un socio europeo cuando un tercer país le ataca. Merz recibió ayer críticas de buena parte de la prensa de su país y de analistas de think tanks. Tras la reunión con Trump, y ya en una conferencia de prensa en solitario fuera de la Casa Blanca, el alemán dijo que había hablado en privado a Trump para defender a Starmer y a Sánchez, y que no lo hizo en público para no empeorar las cosas.
Pero el daño estaba hecho. El semanario ‘Der Spiegel’, probablemente el más influyente del país, comentaba este miércoles que “la aparición del canciller en el Despacho Oval fue vergonzosa”.
La actitud de Merz tiene una explicación. Desde que la semana pasada Estados Unidos e Israel lanzaron el ataque contra Irán, Berlín se puso incondicionalmente del lado de Donald Trump y del primer ministro israelí Benjamin Netanyahu, investigado en la Corte Penal Internacional y a quien, por ejemplo Sánchez, llama “genocida” por los más de 70.000 muertos en Gaza en los últimos dos años, más de la mitad menores de edad.
Merz llegó a decir que no era el momento de hablar de si el ataque era legal o ilegal a la luz del derecho internacional ni tampoco de “dar lecciones a los aliados”. Alemania teme sobre todo el impacto económico de una bronca con Donald Trump, porque Estados Unidos sigue siendo un socio comercial muy importante en un momento en el que la industria alemana pierde más de 10.000 empleos industriales al mes por la competencia china.
Mientras nadie en Europa esperaba ningún tipo de crítica a Trump por parte de la italiana Giorgia Meloni, una de sus mejores aliadas en Europa, sí se esperaba que la reacción de Merz se asemejara más a la del francés Emmanuel Macron o a la del español Pedro Sánchez, aunque fuera con otra retórica. Pero Merz se ha ido quedando solo en su apoyo incondicional que no quiere ni recordar la necesidad de respetar la Carta de Naciones Unidas, mínimo común denominador que aceptan la mayoría de los países europeos.
La preeminencia alemana en Europa hace que esta situación complique las reacciones de las instituciones europeas. La ‘canciller’ Kaja Kallas hizo malabarismos retóricos la noche del domingo para conseguir sacar un comunicado que respaldaron los 27 cancilleres. A fuerza de ser un comunicado que prácticamente no decía nada sustancial. El presidente del Consejo Europeo, el ex primer ministro portugués António Costa, que se supone que habla en nombre de los 27, tuvo duras palabras contra Irán (porque en eso sí concuerdan los 27) pero tampoco ha levantado excesivamente la voz contra Trump.
Macron había dicho la noche del martes que el ataque era “ilegal” y este miércoles llamó a Sánchez para mostrarle su solidaridad por el ataque de Trump. Igual que la presidenta de la Comisión Europea, Úrsula Von der Leyen. La estrategia de Merz de no contradecir nunca a Trump delante de las cámaras intenta evitar que vuelva la guerra de amenazas de aranceles, pero el haberse sentado en silencio mientras Trump atacaba a sus homólogos británico y español conlleva que se le critique por aplicar una política de apaciguamiento que con Donald Trump nunca ha parecido funcionar.
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