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Cuestión de expectativas | Fútbol | Deportes


El fútbol llega a lo más profundo del ser humano, a su inconsciencia y conciencia, a la razón y a la emoción. La epidemia de fútbol del miércoles pasado, con 18 partidos en donde cada gol provocaba un vuelco en la clasificación, nos puso ante situaciones delirantes. El Barça, único club español en clasificar entre los 8 primeros, terminó el partido festejando por todo lo alto el gol de un equipo de Mourinho. ¿Cómo pudo ocurrir? Fácil, pesa más el odio al Madrid, que a Mourinho. Otra paradoja se vivió en Lisboa: el Benfica festejó terminar vigésimo cuarto y el Madrid se fue con un regusto amargo por terminar noveno. Cuestión de expectativas.

Cuando se disipan estas emociones de mitad de temporada, quedan algunas evidencias rotundas. Por ejemplo, la clasificación de cinco equipos Premier entre los 8 primeros. Una hegemonía que empieza siendo económica y termina siendo deportiva. Aquí no hay misterio posible. En esta jornada de definición, cuatro de los cinco equipos españoles en competición perdieron su partido y dos de ellos lo pagaron con su eliminación. Un contraste demasiado brusco como para ignorarlo. La decadencia es una pendiente que no tiene fin si se la subestima.

No todos los partidos pesan lo mismo. El Madrid, bajo observación tras el cambio de entrenador, convierte cada encuentro en un síntoma desconcertante. El equipo está como el tiempo, un día parece verano, al siguiente invierno, todo en pleno otoño. No logra estabilidad. Generalmente, un nuevo entrenador provoca una respuesta en los jugadores, a los que activa otra rutina y, además, quieren exhibirse ante la nueva mirada rectora. Ante el Villarreal se percibió un cambio de actitud, reflejado en un juego interesante que animó el debate mediático. Llegué a escuchar que se notó la mejoría física con respecto al Madrid de Xabi, conclusión que no tiene fundamento científico alguno. Pero tres días después, Lisboa recordó aquella máxima peronista: “la única verdad es la realidad”. La nueva rutina envejeció rápido.

Entre ambos partidos, Arbeloa dejó una frase reveladora: “no puedo ir contra la naturaleza de los jugadores”. Verdad que necesita de matices. Habría que preguntarse si el diseño de la plantilla permite confiar tanto en esa naturaleza. Aquellos que creen que la plantilla es la ideal, debería contestarse esta pregunta: “¿qué sería de este Madrid sin los goles de Mbappé y sin las paradas de Courtois? El problema es que, en el medio de estos dos prodigios, no acaba de aparecer el equipo que armonice el juego.

Menotti decía que en el fútbol existen “posibilidades y obligaciones”. En las posibilidades vive el talento natural; en las obligaciones, lo que el equipo exige para ser un cuerpo único y competitivo. En estos momentos, el camino más corto para fracasar, es decirle todo que sí a los jugadores. Lección que deben aplicarse el entrenador y el club.

Los jugadores suelen pretender una alta cuota de libertad en el juego. Pero la libertad tiene que ser proporcional al talento. Cuanto más talento, más libertad. Quizás en el Madrid, donde sobra talento, hay demasiada demanda de libertad. Pero si más de un jugador se olvida de las obligaciones, el equipo se descompone y tarde o temprano cae en el desorden.

En el último partido en el Bernabéu la intuición popular olfateó el problema y se hizo oír. Ya que todos conocemos el diagnóstico, solo hace falta aplicar el tratamiento para que esta temporada no se convierta en un infierno.


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