Seis décadas después, Indonesia recuerda el horror de uno de los mayores genocidios del siglo XX

En la noche de un 30 de septiembre, hace 60 años, un comando parapolicial en Yakarta, la capital de Indonesia, secuestró y mató a seis altos mandos del Ejército. La respuesta no demoró: liderados por el general Suharto, los militares tomaron el control del gobierno y desde ese momento -durante varios meses y en la extensa geografía del país, uno de los más grandes y más poblados de Asia- desataron una masacre, apoyados por organizaciones parapoliciales y paramilitares.
Hasta entonces gobernaba Sukarno, un nacionalista que se había inclinado hacia la izquierda y que presidió Indonesia desde el momento de su independencia, dos décadas antes. Los militares lo mantuvieron en la presidencia por un tiempo más, sin poder.
En 1967 asumió Suharto para ejercer una virtual dictadura, que se iba a extender durante tres décadas. Sukarno, confinado en su casa, murió en el 70. Llamado por sus partidarios Bung Karno (Hermano Karno), su último deseo fue que le colocaran este epitafio: “Aquí yace Bung Karno, la voz del pueblo indonesio”.
Todo esto hoy nos suena muy lejano, en el espacio y en el tiempo, pero conviene fijar el contexto: hace casi una década, un Tribunal Internacional en La Haya revisó el caso y calificó a las masacres de Indonesia como “uno de los mayores genocidios del siglo XX” y “crimen de lesa humanidad”.
Se calcula que mataron entre medio millón y un millón de personas, en un raid de balas, hachazos, estrangulamientos y cuchillazos que sería imitado más adelante en otras geografías: la Camboya de Pol Pot en los 70, Ruanda o la ex Yugoslavia en los 90, entre los más recordados.
El entonces presidente indonesio, Suharto, en una imagen de 1998, cuando anunció que dejaría el poder, tras las elecciones parlamentarias. Foto: AFP La destrucción del Partido Comunista
Pero los militares en Indonesia concretaron lo que buscaban: del movimiento comunista en Indonesia no quedó ni rastro. El Partido Comunista de ese país tenía 12 millones de miembros, era el tercero más grande del mundo (solamente los PC de las potencias de la época, Unión Soviética y China, eran mayores).
El PC era un factor de poder en la Indonesia de los 60, a la par de militares e islamistas. Y Sukarno funcionaba como el equilibrio entre todos ellos. Su nombre había trascendido en esa época en pleno auge de los movimientos del Tercer Mundo -se hablaba de Sukarno en Asia como de un Lumumba en Africa o un Fidel Castro en América- pero su giro a la izquierda hizo que, para Estados Unidos y las potencias occidentales, se convirtiera en un riesgo. Más aún, Sukarno culpó a EE.UU. por la extensión de la guerra en el cercano sudeste asiático: Vietnam, Laos, Camboya.
Sukarno nació en 1901, hijo de un maestro vinculado a la religión hindú. Recibió una educación privilegiada, en un país que todavía era colonia holandesa y donde la amplia mayoría de la población sufría la miseria. Sukarno dominaba seis idiomas y se graduó como ingeniero y arquitecto, fundó su estudio de diseño, al que le encomendaron importantes obras, desde residencias hasta monumentos.
Pero, al mismo tiempo, se dedicó a la política: fundó el Partido Nacionalista indonesio, con el objetivo de independizarse de la corona holandesa. Lo desterraron a Sumatra y, en su auxilio, acudieron los japoneses. Con el fin de la Segunda Guerra Mundial -incluyendo el colapso japonés- Sukarno y los suyos aprovecharon el clima de época y declararon la independencia el 17 de agosto de 1945.
El gobierno de Sukarno, después de un comienzo como democracia parlamentaria, fue caracterizado como una “democracia dirigida” (tal vez un antecedente de los modernos populismos), pero hubo avances en la modernización del país. Sukarno se instaló en el Palacio de Bandung y desde allí se convirtió en uno de los referentes del movimiento de los No Alineados en los años 60: recibió a personajes como Nehur y Nasser, Chou-en-lai y Ho Chi Minh.
La masacre
Pero sus movimientos pendulares acabaron en aquella fatídica noche de septiembre y con la masacre inmediata. Suharto quedó como el hombre fuerte y estableció el “nuevo orden”, disolvió el Parlamento, mientras los escuadrones de la muerte liquidaban cualquier atisbo de izquierda. En esa orgía sangrienta (el argumento de los militares era «impedir un golpe del Partido Comunista”), también atacaron a minorías religiosas: cristianos, chinos e hindúes.
La “limpieza” comenzó en Yakarta, pero se extendió a Java y llegó el paraíso turístico de Bali. Indonesia es un gigantesco archipiélago donde convivían decenas de grupos étnicos: tenía 100 millones de habitantes en aquella época, cifra que desde entonces se ha triplicado. Y hoy Yakarta es la capital más poblada del mundo, con 40 millones de habitantes.
Guardia militar frente a la casa de Suharto, en Yakarta, tras su muerte en enero de 2008. Foto: REUTERS La masacre tuvo una activa participación de una organización paramilitar llamada Pemuda Pancasila, que luego se reconvirtió en un grupo de poder tanto político (llegó a contar con funcionarios y parlamentarios) como mafioso (por sus extorsiones a comerciantes de minorías étnicas).
Durante varias décadas, fuera de las fronteras indonesias, se recordó la masacre aunque mencionar “Yakarta” era suficiente para inspirar temor en cualquier movimiento revolucionario.
La Indonesia posterior afrontó nuevos conflictos, como los movimientos nacionalistas en Papua Nueva Guinea (1979) y Timor Oriental (1983), sedes de otras matanzas. También las catástrofes naturales -el devastador tsunami del 2005- o, en el plano sociopolítico, la crisis económica del 97, el auge islámico y la creciente influencia china.
Las matanzas, en el cine
Heredero directo de aquella época –ya que alcanzó el grado de general- es el actual presidente Prabowo Subianto, quien ganó las elecciones del año pasado.
Los sucesos del 65 recién fueron rescatados por el documental “The Act of Killing” (2012), del cineasta estadounidense Joshua Oppenheimer. Allí se muestra a los asesinos alardeando de sus crímenes: “Les pegábamos hasta matarlos y después quedaba una mancha fea de sangre, así que empezamos a usar alambres», dijo uno de ellos.
La BBC entrevistó al cineasta y le preguntaban cómo semejante matanza pareció caer en el olvido: «Es como si Hitler hubiera ganado la guerra mundial y Himmler fuera un héroe nacional, salvador de la patria. En Indonesia, los ganadores siguen teniendo muchísimo poder y toda la impunidad del mundo para seguir perpetuando su versión de los hechos», respondió. Luego rodó un segundo documental, The Look of Silence, donde dio voz a los sobrevivientes y a familiares de las víctimas.
El cineasta, que fue nominado al Oscar por su primer documental, explicó que “no pretende ser una crónica histórica, sino la exploración en el sórdido inconsciente de un país que ha autojustificado su ejercicio de lo atroz, un viaje al corazón de las tinieblas que adopta la estrategia de la dramatización terapéutica para hacer emerger una culpa”.
Los documentales de Oppenheimer impulsaron la instalación del mencionado Tribunal Internacional en La Haya. Allí, además de considerar que Estados Unidos, Australia y Gran Bretaña fueron “cómplices” del régimen de Suharto, pidieron a Indonesia un reconocimiento de lo ocurrido. Pero los sucesivos gobiernos de Indonesia no revisaron aquel pasado, que apenas mencionan como “un evento”.
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