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Juegos de poder en el imprevisible laberinto caribeño

«El chavismo es una corporación, no solo un dictador”, le comenta a esta columna un veterano observador y crítico del régimen desde Caracas, donde apenas sobrevive. Señala con ese apunte un dato no suficientemente recorrido respecto a la centralidad de los militares en las bases económicas de la dictadura: petróleo, minería, telecomunicaciones y la banca. Atribuye a esa concentración la solidez de la estructura que sostiene al régimen. “Este es un gobierno militar y son la principal fuerza económica, es difícil que se rebelen contra ellos mismos”, señala.

Otro dato significativo en el análisis son las urnas de julio del año pasado que se atribuyó fraudulentamente Nicolás Maduro. Si algo revelaron es la constatación de la característica minoritaria del chavismo, que se sostiene precisamente porque retiene el poder de las armas y de los negocios. Ha sido esa la clave de bóveda de la sobrevivencia por décadas de otras dictaduras minoritarias como las de Siria, Irak o Egipto.

Aquel comicio de 2024 exhibió por primera vez la frustración de las bases chavistas con el régimen. Si la oposición pudo exhibir actas que probaban una victoria masiva por encima de los 30 puntos del diplomático Edmundo González Urrutia, amparado por la líder opositora María Corina Machado, fue porque esa militancia irritada las entregó.

Esas debilidades, con la pérdida de la calle y de cualquier valor simbólico, no bastó sin embargo para empujar a la caída al experimento bolivariano que defendió el fraude con una represión sanguinaria. Y no es claro hoy que aquel bloque de poder se disuelva detrás de la eventual desaparición de Maduro.

Venezuela cuenta con la mayor cantidad de generales en actividad de cualquier otro país del mundo en relación a su población. No es un dato secundario. La ofensiva de Donald Trump, con el argumento del supuesto narcotráfico chavista y el gaseoso Cartel de los Soles, busca conseguir por la fuerza lo que los electores no pudieron en las urnas.

El argumento del régimen sobre que el magnate va detrás del petróleo venezolano es igualmente discutible. Estados Unidos es hoy el mayor productor mundial de crudo. No parece existir esa urgencia. Existe sí un punto vinculado a este negocio, pero en un sentido diferente. El secretario del Tesoro o ministro de Economía del gobierno norteamericano, el muy conocido para los argentinos Scott Bessent, le dijo a Fox News días atrás que “si ocurre algo en Venezuela”, entonces “realmente podríamos ver bajar los precios del petróleo”.

No es un interés estrictamente financiero. Responde, más bien, a las necesidades domésticas del mandatario confrontado por un fuerte cuestionamiento por la disparada de los precios de consumo directo, entre ellos el combustible que usan sus votantes. Las debilidades en ese bolsillo sensible explican el retroceso del magnate en los aranceles que pesaban sobre el café o las carnes, en beneficio ahora de Brasil, con cuyo gobierno se han hecho las paces.

El presidente de Venezuela, Nicolás Maduro, usa binoculares durante una ceremonia en el Palacio de Miraflores. Foto ReutersEl presidente de Venezuela, Nicolás Maduro, usa binoculares durante una ceremonia en el Palacio de Miraflores. Foto Reuters

Pero también cuaja en esa estrategia de defensa necesaria, la escalada ya descaradamente racista de la persecución a los migrantes, un punto en el cual, con ciertos límites, aun le sonríen las encuestas. Acaba de llamar “basura” a la colectividad somalí radicada en Minnesota; anunció días atrás el bloqueo al ingreso de personas de países pobres del Tercer Mundo o antes, limitar los derechos a refugio o asilo solo a blancos de África o a aquellos europeos perseguidos por pertenecer a partidos, también racistas, cuestionados legalmente por prácticas neonazis.

En ese borde de xenofobia habría algún movimiento que conecta con el paisaje venezolano. En medio del revoleo de amenazas de un ataque inminente dentro de la comarca chavista, el régimen reveló que Washington le ha pedido que retomara la repatriación de los migrantes venezolanos radicados en EE.UU. Son medio millón de personas que recibieron un status espacial por el anterior gobierno de Joe Biden, que Trump revocó denunciando que se trataba de presidiarios o enfermos de manicomios que Maduro envió maliciosamente a EE.UU. Es gente, en realidad, que huyó de la tiranía y la crisis económica que atraganta a ese país.

Una voz en el teléfono

La novedad implica la reanudación de los dos vuelos de la norteamericana Eastern Airlines por semana entre Arizona y Caracas que funcionaban desde enero, de modo que desaparecería, se supone, el cierre del espacio aéreo que anunció el magnate republicano. Es posible suponer que esa medida se haya discutido en la llamada telefónica que Trump sostuvo con el autócrata venezolano en noviembre. Solo hay datos desde la parte estadounidenses sobre este diálogo.

Las filtraciones describen a un Trump severo que conminó al dictador a abandonar el poder y Maduro planteando condiciones a esa rendición que Washington habría rechazado. Quizá sucedió de ese modo. No lo sabemos. Sin embargo, es probable también que haya habido matices cuya profundidad y alcance pueden explicar la reaparición de esos vuelos como el carácter “respetuoso y cordial” que tuvo la llamada, según refiere Maduro, omitiendo detalles.

Estas contradicciones, a las que se suma el sorprendente perdón por parte de Trump a uno de los mayores narcotraficantes centroamericanos, el ex presidente de Honduras, Juan Orlando Hernández, que inundó EE.UU. con 500 toneladas de cocaína, no significan que se aleje la posibilidad del ataque norteamericano a Venezuela.

Es cierto que ese escandaloso perdón incendió la narrativa antinarco de Trump en esta operación, pero por eso el canciller Marco Rubio ha agregado ahora la presencia de Irán y Hezbollah en la comarca caribeña como argumentos adicionales de la ofensiva. Y no es solo que Venezuela trafique, aclaró ante las dudas, es que deja pasar el narcotráfico de Colombia.

Si algo se produce debería ser definitivo como los bombardeos quirúrgicos en Irán a los laboratorios nucleares que fueron, supuestamente, destruidos. No hay espacio para más chapucerías. Como escribe Stephen Collison en CNN, una salida mayormente pacífica de Maduro que liberara a millones de venezolanos tras dos décadas de dictadura y restaurara la democracia sería un triunfo en política exterior para Trump que demostraría a China y Rusia que el magnate domina su territorio geopolítico.

“Pero si Maduro sobrevive a la intensa presión de EE.UU., lanzará una señal devastadora para Trump. La autoridad del presidente disminuirá. Los autócratas de Beijing y Moscú, a quienes les encanta impresionar, tomarán nota”. Con más de 70% de los norteamericanos en contra de esta ofensiva, las fallas serían costosas. Y las puede haber. Tampoco hay claridad sobre cómo sería exitosa la operación.

Una mujer pasa junto a un mural del presidente de Venezuela, Nicolás Maduro, en Caracas. Foto ReutersUna mujer pasa junto a un mural del presidente de Venezuela, Nicolás Maduro, en Caracas. Foto Reuters

Las opciones del líder republicano son especialmente difíciles y tiene derecho a dudar. Quizá por eso la charla de 50 minutos que sostuvo con Lula da Silva este martes o la súbita aparición en Caracas del titular del imperio cárnico brasileño JBS, Joel Batista, un aliado sólido del magnate, que habría intentado persuadir a Maduro de que haga las valijas.

El líder chavista, asesorado por la inteligencia cubana y acaso la rusa, parece suponer que subestiman su capacidad de resistencia. Debería tener en cuenta que Israel con una habilidad que a EE.UU. no le falta, acabó en un solo movimiento con la dirección de Hezbollah en su refugio en Beirut y luego con los jefes militares y científicos iraníes en Teherán. Es improbable que los jerarcas del régimen tengan escapatoria si la situación escala.

El gran dilema es el día después y el formato de la transición. Nadie cree, como señala el amigo de Caracas, que el ganador de las urnas de julio se sentaría inmediatamente en el palacio Miraflores. Esa transición debería encarar aquel bloque militar que en el llano devendría en mano de obra desocupada. También, desactivar los “colectivos” de fanáticos que han creído el relato antiimperialista del régimen y están armados, y abrir paso posiblemente a nuevas elecciones limpias. Sin exagerar, un camino largo e imprevisible en el laberinto caribeño.


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