Ucrania, Rusia y Venezuela, esta vez es la política…

Un primer dato sería incontrastable. Si Donald Trump, como ya se ha oficializado, busca un diálogo directo con el autócrata venezolano, Nicolás Maduro, es porque existen dudas sobre la efectividad de una acción militar directa dentro de la atribulada nación caribeña. Por supuesto, esas dudas no involucran las capacidades de la enorme flota que la Casa Blanca despachó al mar Caribe con el pretexto del narcotráfico.
Lo imprevisible es lo que pueda suceder luego. No es Panamá en 1989 cuando EE.UU. derribó a Manuel Noriega, sino Irak en 2003 donde miran los analistas. No solo, como ahora las drogas, por la invención de las armas de destrucción masiva para justificar aquella invasión sino, entre otros desperfectos, por las purgas que el gobierno sostenido por Washington llevó adelante, generando un ejército de mano de obra desocupada, bandas terroristas y hasta disparando una guerra civil.
Trump declaró que se había avanzado en contener el trasiego de drogas por parte de la dictadura. Lo habría logrado, dice, con los bombardeos a las lanchas que dejaron un tendal de más de 80 muertos. Pero si la propia agencia antidrogas norteamericana afirma que Venezuela es un jugador muy menor en ese negocio mafioso, crecen las sospechas sobre qué es lo que se ha bombardeado y las futuras consecuencias legales de esa acción.
La idea de un diálogo entre ambos personajes, sugiere un interés que excede el enfrentamiento. Seguramente Trump no apuntará a reclamar al déspota venezolano que abandone el poder. No parece todo tan simple. Sí, quizás, acordar un escenario a exhibir de control por parte de EE.UU. de la comarca caribeña con algún matiz de cambio futuro.
La eventualidad de que pueda cancelarse, siquiera momentáneamente, la operación militar es lo que busca neutralizar la líder opositora María Corina Machado. Afirma no solo que Venezuela es el mayor exportador de cocaína mundial, también ahora que el chavismo manipuló las elecciones de 2020 en EE.UU., con la derrota en 2020 que Trump nunca reconoció frente a Joe Biden. Un notable guiño al líder republicano.
Algo hay, sin embargo, ya sembrado. Maduro insiste en abrir totalmente el negocio petrolero y minero a inversionistas estadounidenses sin límites de regalías, en un país que ha abandonado el mesianismo chavista y girado a un modelo clásico de las dictaduras sudamericanas setentistas. Eran anticomunistas aquellas, la venezolana dice ser socialista. Palabras. Trump no repara en esos detalles.
El dictador venezolano, Nicolás Maduro y su espada. Foto Xinhua Ha discutido cara a cara con el dictador ruso Vladimir Putin a quien recibió con alfombra roja en EE.UU.; dictaminó que “son cosas que pasan” el descuartizamiento de un rival político y periodista de The Washington Post por parte del príncipe saudí Mohammed Bin Salman, y sostuvo tres encuentros sin éxito, pero muy cercanos amistosamente, con el tirano norcoreano, Kim Jong-un, a quien sigue celebrando.
Trump y sus horas bajas
Hay una dimensión a observar en estos atisbos de guerra e improvisaciones. La escalada de la presión sobre Venezuela, unida a esta oferta de diálogo, sucede cuando el mandatario republicano atraviesa horas bajas y busca con intensidad éxitos que le devuelvan la iniciativa. Casi todo, de momento, parece dársele en contra y hasta ha reconocido que las encuestas lo muestran en los sótanos de la popularidad.
Para un dirigente que se alimenta de la ilusión de ser admirado al punto de acuñar su perfil en la moneda que el país lanzará en 2026 al cumplirse el 250º aniversario de EE.UU., el rechazo norteamericano puede explicar comportamientos. También urgencias.
Venezuela es una oportunidad sencilla para mostrar autoridad con el poder militar, pero corre el riesgo de agregar más elementos a aquel disgusto popular, que expresan especialmente sus bases más fanáticas contrarias a jugar a la guerra no importa dónde o los motivos. Más de 70% se opone a una potencial intervención militar de EE.UU. en el Caribe, según sondeos de la CBS, dato que Trump no ignora.
Esta búsqueda urgente de resultados en terrenos pantanosos, se advierte de modo aún más intenso en la ofensiva para cerrar de cualquier modo la guerra de Ucrania y convertir ese éxito en un blasón del escudo trumpista. La ansiedad, sin embargo, no suele ser un buen consejero. Ya es conocido que la propuesta de 28 puntos pergeñada por su enviado especial a la región, Steven Witkoff, era un compendio de reclamos del Kremlin, en el cual Moscú hasta incluyó su regreso al G7 de los países más industrializados del globo.
El canciller de EE.UU., Marco Rubio, cometió el desliz de confesar el origen ruso del flamante tratado de paz a un grupo de senadores oficialistas que acabaron por hacer pública la revelación. Nada que sorprenda.
Es fascinante el trasfondo rústico de estos apuros. El acuerdo fue hilvanado con un importante enviado ruso a Miami, el emisario económico Kiril Dmitriev, citado por Witkoff y el yerno de Trump, Jared Kushner. Según un reporte de Bloomberg, a su regreso Dmitriev se reunió con el asesor del Kremlin para política internacional, Yuri Ushakov, a quien explicó que el plan no sería en ningún caso presentado como ruso, sino como estadounidense aunque incluya todas las demandas de Moscú. “Que ellos lo presenten como suyo. Yo creo que aunque no se acepte nuestra versión completa, será lo más parecida posible”, dijo.
El autócrata ruso, Vladimir Putin, durante una rueda de prensa. Foto ReutersEse dispositivo garantizaba la capitulación de Ucrania, un objetivo que Rusia no puede lograr en el frente al menos por los próximos cuatro a cinco años, lapso en el cual es poco probable que su economía resista. Esas dificultades las testimonia el rotundo fracaso de la reciente ofensiva de verano, el tercer intento fallido del ejército ruso con una extraordinaria pérdida de vidas.
El plan ruso de EE.UU.
Witkoff, que no es ni tiene entrenamiento diplomático, solidario con el autócrata moscovita, creyó encontrar la solución para las dos veredas: una victoria para Trump con el cierre de la guerra y un escape heroico para Rusia imitando el acuerdo de paz que detuvo el conflicto en Gaza. Pero el plan era absurdo y lo destriparon rápidamente los europeos que entienden que esta guerra es sistémica y no cabe premiar a Putin como no debió hacerlo Chamberlain en Münich cuando estrechó la mano de Hitler creyendo en su palabra.
Por lo demás, el ejemplo de Gaza no sirve como espejo. Allí los intereses económicos de EE.UU. y la corporación Trump son los que hicieron posible esa détente en alianza con los potentados árabes, hasta formalizando la alternativa de un futuro Estado Palestino como peaje a una monumental arquitectura de negocios.
No existe ese universo en el caso de Ucrania y Rusia. Por eso, posiblemente, uno de los más agresivos negociadores de EE.UU., Daniel Driscoll, planteó a los europeos de modo grosero que “no estamos discutiendo detalles. Necesitamos que esta mierda funcione”, según transcribió el Financial Times. Trump ahí sumó su intimación a Ucrania. Debía aceptar sin objeciones o le esperaría el desamparo. Como escribió el periódico francés Libération, un “terrible ultimátum que probablemente sonaría mejor en siciliano”.
La caída ahora del plan de 28 puntos pro ruso y la instauración de otro de 19 puntos, acordado por Europa y Ucrania, llevó a Trump a sostener que el final de la guerra estaría cerca. El magnate no se detiene en los contenidos, sea uno u otro, tiene el propósito de exhibir un resultado. Sin embargo Rusia ya avisó que no aceptará concesiones aferrándose a la primera versión. La suya.
Una reacción que conviene a europeos y ucranianos porque deja a Moscú en la vereda del incumplimiento y la guerra. Es una relativa buena noticia. La parte mala es que el conflicto no se apagará y quizá hasta se desmadre. La apuesta con Venezuela, al menos por ahora, carece de esos abismos.
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